RUBEN LOZA AGUERREBERE
Hace varios años cuando comenté aquí el caudaloso libro "El Danubio", del triestino Claudio Magris, tuve la grata sorpresa de recibir poco después una carta suya agradeciéndome los comentarios realizados. Esto no suele ser habitual, por cierto. Así nació una amistad que fue creciendo, marcada por cartas y libros. Tan así, que a su generosidad debo el prólogo de uno de mis últimos libros.
Más tarde leí "Conjeturas sobre un sable", "Otro mar", "El anillo de Clarisse", "Microcosmos". A un autor como él, uno le supone alma de cántaro.
Pues bien, siento por la obra de Claudio Magris (a quien el año pasado se mencionaba como posible ganador del Premio Nobel literario) una admiración profunda. ¿Qué nos admira en sus libros? Como siempre, dos cosas: su mundo y el modo en que está dicho. El mundo de este nuevo libro, titulado "El infinito viajar" (Anagrama/Gussi) es muy amplio: se trata de una colección de páginas de viajes y, para decirlo con sus palabras, "un preludio de algo que siempre está por venir y siempre a la vuelta de la esquina". Y agrega: "el paisaje que, mientras se atraviesa, huye, se disgrega y se recompone como una secuencia cinematográfica".
En cierta forma, creo que Claudio Magris comparte la definición de Camilo José Cela quien enseña que los caminos no se hicieron para llevar a ninguna parte, sino para transitarlos. Acaso por ello, dice: "el viaje es ante todo un regreso". Y ya que está en ello, recuerda a Ulises. Nos enseña Magris, que aquella Itaca no sería tal si Ulises no la hubiera abandonado para ir a la guerra de Troya. Esto tiene relación con todo viajero, pues "un lugar querido", como él sostiene, "se ha trocado físicamente en una parte o una prolongación de la propia persona".
Y es por ello que cuando paseamos por plazas de nuestra infancia o recorremos calles cercanas al corazón, comprobamos que hay paisajes que pertenecen a la memoria, muchas veces enriquecidos por la imaginación.
Un hombre, en este libro, anda por el mundo, mirándolo y recogiendo anotaciones para esta obra. El resultado así lo describe él mismo: "No es sólo naturaleza y arquitectura, bosques y casas, senderos de hierba y de piedra; es también y sobre todo sociedad, personas, gestos, costumbres, prejuicios, pasiones, alimentos, banderas, fes". Y así, se deja ir por Madrid, por Londres, por Friburgo, por la República Checa, por Bratislava y, en fin, por Hanoi. Y ese mundo abierto le revela: "patrias del corazón".
El libro abunda en miradas cortas y largas, en apreciaciones muy ricas, y en infinitos comentarios sugeridos por las calles que camina. Como no es fácil aprehenderlo, quiero referir sólo un breve capítulo, el de un padre con su hijo afectado por síndrome de Down al que observa en una sección del Thyssen Bornemisza. Cuenta que, ante un cuadro de Velázquez, el padre se quita el sombrero, elevándolo muy alto, y lo hace con alegría para su hijo. Y lo define como un hombre no deblegado "por la cruz de una injusticia imperdonable", y sí capaz de hacer partícipe al niño de aquel homenaje al artista que están observando y admirando. Y dice: "Ese amor paterno y filial hace que esas dos personas se basten, como se basta el amor".
Hay, siempre, un dejo metafísico en esta colección de artículos hermosos, escritos con claridad de manantial. Hay agua para la vida y agua para la memoria.