Pensadores muy lúcidos de la antigüedad griega consideraban que los sistemas políticos imperantes en aquella época tenían, cada uno, sus propias ventajas y, también, sus razones, que más o menos los justificaban. Pero, agregaban, igualmente tenían defectos e insuficiencias que podían llegar a degenerarlos y llevarlos a un absolutismo, a la tiranía; la aristocracia, a su vez, al reducir las bases en las que se apoya, degeneraba en oligarquía y por último, la democracia, tenía en sus entrañas el virus que podía destruirla: la demagogia.
Analicemos sólo el problema que se le plantea a la democracia, ya que este sistema -el más avanzado de todos- tiene una vigencia creciente en nuestro tiempo. Basada en libres elecciones periódicas, es decir, en la expresión ciudadana a través del voto, -independiente de la cuna en la que nació el elector o de la riqueza que este pueda tener- la democracia, sin embargo, está expuesta a dejar de ser genuina en la medida en que para captar votos, los candidatos a los cargos de gobierno hagan promesas imposibles, sea por su alto costo, por su falta de plasticidad o por razones que puedan entusiasmar ilusionadamente por rayar en la utopía. Por cierto, este tipo de promesas se arraiga en la mala fe de quien las hace, por cuanto es consciente de que no existe la menor posibilidad de convertirlas en hechos reales. Nace, así, la demagogia (etimológicamente, "conducción del pueblo" que el diccionario define como una "degeneración de la democracia consistente en que ... mediante concesiones y halagos a los sentimientos elementales de los ciudadanos, se trata de conseguir o mantener el poder".
Creemos que la demagogia sigue siendo un mal imperante en nuestros días pero que en las democracias avanzadas y consolidadas es neutralizada eficazmente por los anticuerpos formados por la cultura cívica y la libertad de expresión.
Pensamos, en cambio, que el verdadero peligro que pende sobre la democracia -o, mejor, desde la democracia- es el corporativismo.
Conviene hacer algunas aclaraciones previas.
No se piense, por ejemplo, que el actual corporativismo tiene algo que ver con el que florecía en las ciudades del medioevo europeo. Aquellas vigorosas corporaciones de mercaderes y de artesanos (maestros, jornaleros y aprendices), de notarios, médicos y farmacéuticos, no se caracterizaban por luchar por mejoras salariales antes bien, imponían a sus miembros determinados precios de venta, salarios y obligaciones y, además, perseguían fines religiosos (cada una adhería a un santo patrono), benéficos (atendían a sus integrantes enfermos o discapacitados, a sus viudas y huérfanos) y culturales, amén de que algunas de sus ramas eran plenamente pre-capitalistas.
Tampoco guarda parentesco con el corporativismo mussoliniano ya que el dictador peninsular digitó desde el gobierno a las corporaciones y las utilizó como instrumentos para alcanzar sus propósitos, y no a la inversa El corporativismo actual -y pensamos concretamente en nuestro país- es el que nuclea a grupos económicos y, fundamentalmente, a trabajadores privados y estatales en organizaciones sindicales que priorizan la satisfacción de sus intereses sectoriales, antes que los nacionales o sociales. En términos uruguayos: cada uno cuida su "chacrita", le duela a quien le duela. Estos corporativismos significan una degeneración de la democracia porque la invocan, adoptan aparentemente su estructura y sus métodos, pero la hacen funcionar sólo en su beneficio. En un sindicato hay asambleas, plenarios, ejecutivo, comisiones y votaciones y aunque a menudo no logran afiliar más que a una minoría de los trabajadores a quienes dicen representar, pretenden que sus resoluciones involucran a la sociedad entera.
Pueden paralizar las aduanas del país, sus puertos, sus oficinas recaudadoras, su sistema bancario, sus aulas, la producción y distribución de energía, los transportes de alimentos y de personas, el sistema de salud, en fin, pueden atar de pies y manos al Estado, bloquear a todas sus instituciones e impedir su funcionamiento. No exageramos. Es verdad que nunca se ha llegado a una anárquica huelga general absoluta, pero basta, para aquilatar los peligros que se ciernen, con el clima creado por la sucesión ininterrumpida de conflictos gremiales que, aunados, representan un ataque frontal al estado democrático.
A esto llega el corporativismo mal entendido.