FERNANDO MANFREDI
En una húmeda noche y en un escenario no del todo apropiado, la Ossodre cumplió, el sábado, con el primer concierto de lo que se ha denominado temporada de invierno 2008.
El hecho de que se eligiera para esta primera entrega, la batuta de Francisco Rettig, fue una apuesta sobre seguro. En efecto, el director chileno ha demostrado toda vez que estuvo al frente de la orquesta, que posee la cualidad de sacarle lo mejor, independientemente del estado en que se encuentre la Ossodre. En este caso y como siempre no falló.
El programa no ofrecía grandes dificultades y a la luz del momento fue el mejor que se podía desarrollar. El comienzo fue con la obertura de la ópera El cazador furtivo de Weber, luego siguieron las Cinco canciones sobre poemas de Matilde Wesendonk de Wagner y la sinfonía Júpiter de Mozart.
Es proverbial la solvencia con que Rettig aborda las partituras de cuño germánico y esta vez no fue la excepción. La obertura de El cazador furtivo se leyó en su justo carácter con algunas claudicaciones en los cornos que no obstante no desmerecieron el resultado final. Era difícil también lograr mejores resultados, por cuanto la acústica del ahora Teatro Metro no es buena. De hecho, los cortinados mataron mucho los agudos.
Sin embargo, lo que había generado más expectativa era la presencia de la mezzo soprano compatriota Adriana Mastrángelo, poseedora de una destacada carrera a nivel sudamericano (debutó en el Teatro Colón en 1999 y ha participado en todas las temporadas de este teatro) y que retornaba a nuestro país para interpretar estas bellísimas Cinco canciones de Richard Wagner, sobre poemas de Matilde Wesendonk.
Al escuchar esta bellísima y casi sobrenatural música con que Wagner vistió los poemas de la Wesendonk, es posible imaginar la pasión que movía al compositor, al escribirla. Adriana Mastrángelo ofreció lo mejor de sí a la partitura y logró un resultado de gran calidad. Posee buena respiración, clara dicción y proyecta con el oficio de quien ya está habituada a espacios más amplios que el modesto Metro. Rettig la secundó con solvencia y buen gusto.
El final fue con la Sinfonía N° 41 en Do mayor K 551 `Júpiter de Mozart, en ella el chileno demostró cuán gran director es y cuánto puede sacar de una orquesta. El drama escondido de esta obra mozartiana, fue traducido a la perfección. Manejó la complicada polifonía, haciendo oír todas las voces, pero sin perder el pulso. Su gestualidad es clara, como lo es la convicción y la seguridad que transmite. En este momento únicamente él consigue extraer de la Ossodre un sonido tan amplio y homogéneo en todas sus secciones. Su interpretación es profunda y bien respirada (el tiempo lento salió muy bien), no es poca cosa si se tiene una cantidad de factores en contra que parecen no existir toda vez que el maestro chileno accede al podio.