Desde hace décadas el Palacio Salvo es protagonista de tarjetas, películas y fotografías que se llevan de recuerdo los miles de turistas que se detienen a contemplarlo desde la Plaza Independencia. Hace algún tiempo, la administración del edificio obtuvo el registro de imagen de este ícono de la ciudad, por lo que quien desee utilizarla, debe pagar por los derechos. Para un comercial de TV, el uso de la imagen del Salvo cuesta entre US$ 600 y US$ 800. Sin embargo, la habilitación del edificio para un rodaje tiene un costo mucho mayor: una compañía de refrescos pagó cerca de US$ 9.000 por grabar un spot.
"Las postales que hay por ahí no pagan derechos. Si quisiéramos, podríamos retirarlas", aseguró a El País el administrador Jorge Gil. El Palacio Salvo fue construido por los hermanos Lorenzo, José y Ángel Salvo, acaudalados hijos de inmigrantes italianos.
Alejandro Michelena señala en el libro "Antología de Montevideo" (Arca, 2005) que las obras se extendieron entre 1923 y 1928. Se utilizaron mármoles y granitos nacionales y alemanes, así como roble floreado de Eslovenia en toda la carpintería. Su estructura es de hormigón armado.
El resultado es una mole que oscila entre referencias renacentistas y reminiscencias góticas, con algunos toques neoclásicos: ecléctica, para utilizar un término que hoy día casi todo lo resume.
Tiene 37.000 metros cuadrados, con un cuerpo central de 10 pisos. Y en un costado su torre, que sobresale otros 15 pisos más. A la altura del piso 17, el constructor colocó cuatro torretas semicirculares que le dan un aire de edificio de cómic, como los de Ciudad Gótica. A esa altura, comienza la propia torre central a redondear su culminante bóveda.
Michelena recuerda que al igual que los parisienses con la torre Eiffel, los montevideanos nunca tuvieron acuerdo unánime en relación a la obra.
Muchos asintieron cuando Mario Benedetti consideró "feo" al edificio en uno de sus libros, y otros aprobaron que desde una revista juvenil de los `70 se lo tildara de "lunar montevideano".
También se recuerda que el gran maestro de la arquitectura moderna, el francés Le Corbusier, lo bautizó en 1930 como "enano con galera", recomendando su demolición urgente "con un cañón" para contribuir a la estética de la ciudad.