Leonardo Guzmán
El 11 de junio de 1888 se inauguró, con el programa oficial y orientación metodista, el Liceo Evangélico Valdense. El primer director fue el doctor Tomás Wood y el primer subdirector fue Daniel Armand Ugón, cuya dedicación le valió que el liceo hoy luzca su nombre. Los 120 años que cumplió esa casa valen por sí. Y cruzan símbolos.
"Valdense" para nosotros es adjetivo gentilicio: indica el lugar que acogió a quienes llegaron hablando dialecto francés -"patois"-, generaron un excelente modo criollo de vivir trabajando y edificaron un jardín de educación y libertad. En cambio, para la Real Academia, "valdense" es aun hoy -22ª edición- despectivamente definido como el "sectario de Pedro de Valdo, heresiarca francés del siglo XII, según el cual todo lego que practicase voluntariamente la pobreza podría ejercer las funciones del sacerdocio".
Metodista es quien sigue la vertiente -bíblica, liberal y abolicionista- que, en el siglo XVIII, fundó Juan Wesley en los costados del universo anglicano. Abrir un liceo con semejantes raíces en 1888, era abrir el futuro al mensaje de cristianismos que llevaban siglos de diferencias con el católico romano que por entonces oficializaba nuestra Constitución.
Ese acto de luz fundadora confirmó el ánimo nacional de consagrar "la libertad civil y religiosa en toda su extensión imaginable". Y a la vez mostró que no íbamos a polarizarnos en el enfrentamiento de positivistas y materialistas de un lado contra espiritualistas sólo católicos del otro, sino que viviríamos una multiplicidad que décadas después iban a evidenciar Vaz Ferreira, Grompone, Ardao y tantos.
Fundadores de esta enjundia componen una herencia que sobrepasa la chatura de los procesos socioeconómicos en que algunos proponen hoy disolver la angustia de la historia. Nos hablan de ideales de grandeza y de grandeza lograda, que sigue vibrando en los muchos maestros, profesores, gestores y padres que no quieren bajar la guardia.
Desgraciadamente, en vez de alzar la mirada al altar educativo, en las horas del ilustre aniversario la atención pública debió bajarla a la abyección moral del padrastro que mata a golpes a la niña de tres años, al macabro escondite de su cadáver por una madre desnaturalizada y a un intento de linchamiento que indica -a gritos y más que gritos- hasta qué punto hay que revitalizar al Derecho, porque sus respuestas actuales, aunque vengan tabuladas en primorosa computación, no satisfacen la conciencia radicalmente personal y esencialmente valorativa que es su base y su destino.
En vez de Valdense vimos a Peñarol: pero no el de glorias y derrotas deportivas sino el del crimen atroz y el desborde de todos, policías incluidos.
Cuando a diario conocemos noticias trágicas sobre el destino de niños y jóvenes y a cada rato nos topamos con la ignorancia de grandes grupos de adultos, es nuestro deber levantar la mirada hacia la guía espiritual de quienes supieron sembrar a distancia.
La caída en picada de la educación colectiva no es el efecto de una crisis más sino de una decadencia.
De ella saldremos si dejamos de empacharnos con el relevamiento de listas de desgracias y si obedecemos al apetito normativo que clama por reglas generales y abomina de la lucha de todos contra todos.
Y que nos llama -¡otra vez!- a educarnos en diálogo socrático, en vez de hundirnos entre los miasmas de grandes grupos desorientados, reducidos a mascullar monosílabos sin esperanzas.