Gonzalo Aguirre Ramírez
Creo que la derrota finalmente sufrida por la señora Hillary Clinton frente a Barack Obama, en las internas del Partido Demócrata, no la desmerece, contra lo que no pocos han opinado a la ligera, tras una campaña que, por lo extensa, tiene que haber resultado extenuante.
Entre otras opiniones, me resultó particularmente desafortunada la emitida por Mario Vargas Llosa, en un reciente artículo publicado en Búsqueda. Perdida la objetividad, llegó hasta criticar con cierta acidez a la esposa del ex presidente por la forma en que reaccionó frente a su inconducta en el desdichado episodio que estuvo en un tris de costarle su cargo. Si Hillary hubiera perdido la calma y no se hubiera tragado la humillación que el conocimiento público del asunto tuvo que haberle causado, otro gallo podía haber cantado en dicho juicio político promovido por los republicanos volando bajito, con obvios fines electoreros.
La digna serenidad con que Hillary apuró ese trago amargo la prestigió, sin duda, ante la opinión pública sensata de su país y su partido. Y le valió, con el apoyo del gran senador Moy-niham, la banca por Nueva York, que éste iba a dejar vacante. En ella, la señora Clinton actuó generalmente con acierto, apoyada en la experiencia adquirida en los ocho años que pasó en la Casa Blanca -junto a su cónyuge- y en los sólidos conocimientos jurídicos que le habían valido, años atrás, figurar en la nómina de los mejores cien abogados de su país.
Con esos saneados antecedentes y el apoyo descontado de su esposo, quien fue sin duda -salón oval al margen- un excelente presidente de su país, su candidatura presidencial fue perfilándose casi como un hecho lógico.
Pero, largada la carrera, le salió al cruce un inesperado y temible contendor, a pesar de la supuesta desventaja inherente a su condición de hombre de color. Supuesta, digo, porque tengo la fundada impresión de que esa diferencia racial terminó favoreciéndolo, en la medida en que en elecciones donde el voto no es obligatorio, en muchísimos estados el electorado negro concurrió en masa a votar por Obama, lo que no hicieron los votantes blancos, cuya mayoría se presumía favorable a Hillary.
Ello no quiere decir que su vencedor no lo haya sido, en definitiva, por méritos propios innegables, tales como su brillante talento y un señalado carisma. Pero también se vio favorecido por contar con fondos que triplicaron a los de su rival, hecho cuya explicación nadie abordó claramente. Y todos sabemos la importancia que el aspecto financiero tiene en toda campaña electoral.
Por otra parte, perjudicó a la señora Clinton, sin duda, el hecho de no computarse los comicios en el importante estado de Florida, -lo que se reiteró, más tarde, en Michigan- donde dobló en votos a su rival, lo que permitió a éste pasar a liderar la contienda en momentos en que estaba muy lejos de tener segura la victoria.
Hillary le dio batalla hasta el último instante. Para algunos, acreditó obstinación. Para nosotros, tenacidad y amor propio, que, en política, son virtudes estimables. Y que le valieron obtener el 48% de los congresales electos, así como un número de votantes casi igual al logrado por Obama. Quien venció sí, pero ajustadamente.
Señora Hillary Clinton: perdió usted dignamente y ha sido la primera mujer, en la historia de su país, que ha arañado una candidatura presidencial. Seguramente, no ha de leer este ar-tículo, pero igualmente le expreso mi respetuoso afecto y le deseo que mantenga su bien ganado protagonismo político.