"Quería que me aceptaran, me sentía fea y ridícula"

ANDREA DURLACHER

Le llevó cuatro años y medio controlar su anorexia nerviosa que se gestó en los años en que iba a la escuela, porque se sintió rechazada. No era gorda, era alta y corpulenta, pero sus compañeros la etiquetaron de "gorda chancha". Entonces se convenció de que si adelgazaba, tendría éxito y todos sus problemas se resolverían. Se puso como objetivo pesar menos de 39 kilos, y lo logró. En esta nota, Lorena relata cómo cayó en la anorexia y su lucha por recuperarse. "Te curas, pero siempre será tu punto débil, tenés que cuidar eso", afirma.

La enfermedad no es controlable. Por eso despierta miedo. Sin embargo, las enfermedades relacionadas con la mente todavía no han ganado el respeto que merecen. Quedan algunos escépticos que las encuentran "controlables". En esa visión, el obeso es dejado, el depresivo, pesimista y la anoréxica, superficial. Creer que el enfermo tiene la culpa y no amerita atención sólo genera más enfermedad; porque es la sociedad la que debería batallar en contra y, así, prevenir problemas.

EL SEXO OPUESTO. Lorena sabía que los chicos decían en su espalda que no quedaba bien así, que estaba demasiado flaca. Pero, mientras dijeran que estaba flaca, no le importaba.

Así, lo de la aceptación se convirtió en algo interno. No adelgazó en una búsqueda de admiración masculina. Sólo quería que no la rechazaran por gorda.

Paradójicamente, al buscar ser aceptada en lo estético, se afeaba cada vez más. No sólo por el exceso de delgadez, también porque el control total va en el camino contrario al de la liberación sexual. Pero Lorena, según explicaban los terapeutas, había perdido los parámetros.

Le diagnosticaron anorexia nerviosa. Cuenta que, con ayuda, hay salida. Ella lo logró. De la anorexia a la bulimia hay un paso. Lorena explica que la anorexia es el control máximo de todo, la restricción de los afectos, del cuerpo y sus sensaciones. La bulimia es el revés: se basa en la compulsión. Parecen personalidades contrarias pero derivan en lo mismo. "En esta enfermedad cae quien puede, no quien quiere. Sino, caería mucha más gente por culpa de la influencia externa". En parte la enfermedad viene por genética; en parte, por una personalidad proclive.

LAS ETIQUETAS. Lorena cuenta que en la escuela era alta y corpulenta, pero no gorda. Hoy es una mujer joven, muy flaca, pero de huesos gruesos. Armónicamente castaña, juega con una botella de agua mineral sin etiqueta, mientras cuenta su historia. Y nunca se sabe qué lleva a los niños a elegir etiquetas. A ella en la escuela la etiquetaron de "gorda chancha". "Yo pensé, ta, a mí así no me quieren, me sentí los seis años de escuela rechazada, quería que me aceptaran, me sentía fea y ridícula".

Creía que si adelgazaba tendría éxito y todos sus problemas se resolverían.

En segundo de liceo pesaba 39 kilos y medía 159 centímetros. "La enfermedad se refleja en parte en la obsesión, en pesarse los mismos días, exactamente a la misma hora y con la misma ropa". Lorena quería pesar menos de 39 kilos. Porciones muy chiquitas, alguna manzana; en la casa tuvieron que adecuarse a su dieta. Las comidas familiares eran un problema, evitaba los cumpleaños o eventos vinculados a la comida.

EN LA BOCA DEL LOBO. Lorena no es más anoréxica. Al respecto, plantea que: "te curas, pero siempre será tu punto débil, tenés que cuidar eso, los momentos de estrés. La diferencia es que ahora lo sé manejar, tengo que tener un orden; volver a hacer una dieta ahora es como entrar en la boca del lobo…". Con esa imagen parece mostrar que, cuando sigue una dieta, hay un animal paralelo que come partes del cuerpo vitales; como si con control excesivo se perdiera la autonomía.

PERFIL

Nombre: Lorena Islas

Nació en: Durazno

Edad: 24 años

Profesión: Estudiante de Contador Público

Otros datos: Curó su anorexia con tratamiento y contención familiar.

LA RECUPERACIÓN

En Durazno fue al psicólogo, al psiquiatra y al nutricionista. Pero los desobedecía. Para recuperarse se mudó con su mamá a Montevideo. Dejaron todo. Por un año, la familia se dividió para que Lorena se recuperara. El sacrificio económico (pagar ALUBA y la manutención de dos hogares), pero sobre todo afectivo, la curó. En la mitad del tratamiento falleció el padre. Temieron que se desestabilizara, pero no pasó: Lorena tiene las prioridades claras. Pasado un año pudo volver a Durazno, sin dejar de viajar a Montevideo, a la clínica. Al principio dos veces por semana, después una, siempre a prueba. El tratamiento duró cuatro años y medio. Hoy, recuperada, trabaja y estudia en Montevideo.

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