Caricatura es un término que proviene del verbo italiano "caricare" (cargar) aludiendo a la manera que tienen ciertos dibujos de acentuar las tintas sobre rasgos o peculiaridades del personaje retratado. El diccionario español dice que una caricatura es "un dibujo satírico, que deforma las facciones y el aspecto de alguna persona". Como resulta de ello, la caricatura es un arte que suele recaer en notabilidades que el observador identifica fácilmente a través de la distorsión impuesta por el dibujante en un semblante o una efigie, y así las estrellas de cine o de rock, los monarcas, deportistas y políticos se acostumbran a ser sujetos del ingenio y la agudeza de los caricaturistas. Casi todos tienen la sensatez de sobrellevar los dibujos que les dedican sin quejarse de ellos, porque tales expresiones gráficas son inseparables de su protagonismo. Pero no siempre ocurre eso.
La presidenta argentina dio otra muestra de espíritu destemplado en el discurso que pronunció durante el acto peronista del martes 1 de abril en la Plaza de Mayo. Allí calificó la caricatura que un matutino porteño había publicado ese mismo día como "un mensaje cuasi mafioso", frase que forma parte de sus habituales desplantes sobre los medios de prensa. Esa caricatura firmada por Hermenegildo Sábat la mostraba con "una venda cruzada en la boca", sugiriéndole con ojo mordaz la conveniencia de no seguir hablando luego de sus caudalosos pronunciamientos sobre el conflicto de los gremios agropecuarios, que mantenían cortes de rutas desde hacía dos semanas desabasteciendo a la ciudad de Buenos Aires. Tal como se hiciera notar en nuestra columna sabatina, LA OTRA ORILLA. Que a la presidenta le disguste un dibujo satírico es una cuestión personal, pero que lo califique como un acto casi mafioso (es decir, "perteneciente o relativo a una organización criminal") es algo más grave.
Nacido en Montevideo en 1933, Sábat es un artista uruguayo que tuvo larga actividad en el diario El País antes de pasar hace 42 años a radicarse en Buenos Aires. Desde entonces ha desarrollado una actividad de notable trascendencia, incluyendo libros, exposiciones personales y un desempeño periodístico volcado desde 1973 en el matutino Clarín. El dibujante ha obtenido premios internacionales por su tarea y ha redoblado su prestigio a lo largo del tiempo, con actitudes muy valerosas durante la dictadura militar argentina (1976-1983). Esa foja no parece vendar la boca de la presidenta cuando resuelve calificar la labor de un artista, sin tener en cuenta el lustre del aludido y sin considerar que los mandatarios de países civilizados de este mundo suelen soportar caricaturas bastante más incisivas sin pronunciarse sobre el particular, tal vez porque ese silencio forma parte de las reglas del juego democrático hacia todas las modalidades lícitas de la libertad de expresión. Sin embargo ese respeto hacia el trabajo ajeno no es unánime, por lo visto.
La presidenta argentina comparó los sucesos de las últimas semanas en su país con los de febrero de 1976, previos a un golpe de Estado que según ella configuró "el golpe más terrible, la tragedia más terrible que hemos tenido los argentinos". Le faltó recordar que en materia de golpes y tragedias, la "Triple A" -aquella organización asesina- venía actuando bajo el gobierno peronista desde dos años antes, amparada en su clandestinaje por la tolerancia y la complicidad de las autoridades legalmente constituidas. Claro que esa constancia no parecía oportuna para refrescar la memoria de un auditorio peronista como el del martes 1 de abril en la Plaza de Mayo, por lo cual era mejor imaginar que todas las truculencias de aquel período habían comenzado en marzo de 1976. Así se cuenta la historia.
En el estrado desde el cual arengó a la multitud, la presidenta argentina estaba acompañada por un séquito variado. Allí figuraba el dirigente gremial Hugo Moyano, cabeza de la CGT, cuyo sindicato de camioneros fue sacudido hace poco por el asesinato a quemarropa del veterano tesorero de sus propias filas. Pero en apariencia eso no sería un episodio mafioso. En el palco de la presidenta también comparecía el líder piquetero Luis D`Elía, responsable de la agresión física de sus seguidores contra una concentración popular que tuvo lugar en la misma plaza algunos días antes. Luego de su embestida y del carácter patoteril que revistió dicha intervención, D`Elía se pronunció contra los disidentes en un tono que ninguna cultura medianamente aceptable podría admitir, ya que hasta el vicepresidente argentino calificó de "lamentables" las expresiones del piquetero. Pero eso tampoco sería un acto mafioso, según el criterio de la disertante. Claro, quizá fue apenas un acto fascista.