El adiós a gran símbolo

2008-04-07 00:00:00 300x300

HENRY SEGURA

Su valor simbólico posiblemente está por encima de sus trabajos como actor. El sábado de noche Charlton Heston murió, a los 84 años, después de padecer el mal de Alzheimer.

Es posible, además, que la historia no le dé la razón respecto al juicio que tenía de sí mismo. "Sé que todos me identifican con Ben Hur, pero no es cierto que será este papel por el que pasaré a la historia", había sentenciado en Cannes en 1997. Tras su fallecimiento, los medios no hicieron otra cosa que recordar la imagen de aquel Judah embravecido corriendo en un circo romano para derrotar a Messala (Stephen Boyd), el ex amigo que lo había hecho padecer cárcel y todo tipo de sufrimientos, junto a su familia. El marco de referencia era igualmente imponente porque en forma paralela se describían los martirios de Cristo.

Heston y la película cumplían de manera indiscutida con el espíritu del Hollywood de post guerra, gobernado por la consigna de que cuanto más grande se hacían las cosas todo sería mejor. Era una dimensión a la que nadie podía aspirar y el actor poco a poco fue identificándose con ella. Fue uno de sus artífices cuando desde los primeros años pasó del teatro universitario al cine de la gran industria, previo cumplimiento con las obligaciones en el frente de guerra. Es ilustrativo el hecho de que antes de conseguir una primera consagración en Hollywood (con El vengador invisible, 1950, dirigida por William Dieterle), Heston protagonizó una adaptación del Julio César de William Shakespeare hecha por David Bradley dos años antes.

Desde entonces esos personajes de nombres imponentes quedaron a su disposición. Supo ser Moisés (Los diez Mandamientos, 1956), Rodrigo Díaz de Vivar (El Cid, 1961), Thomas Jefferson (Los patriotas, televisión, 1963), Juan El Bautista (La más grande historia jamás contada, 1964), Miguel Ángel (La agonía y el éxtasis, 1965), por dos veces Marco Antonio (en una nueva versión del Julio César de Shakespeare, El gran centurión, en 1970, y en Antonio y Cleopatra, que el mismo Heston dirigió en 1972), por otras dos veces fue el Cardenal Richelieu (Los tres mosqueteros, 1973, y Los cuatro mosqueteros de 1974) y Enrique VIII (El príncipe y el mendigo, 1977).

Quiso la historia que el inicio del eclipse actoral de Heston se mezclara con el cine catastrófico que hacia mediados de los `70 se apoderó de las pantallas y que no fue otra cosa que una derivación casi desesperada por seguir construyendo historias a gran escala. Los filones religiosos e históricos parecían agotados pero una vez más los productores se acordaron del actor que en tiempos juveniles estuvo al frente de una catástrofe: la causada por hormigas voraces que arrasaban con todo lo que estaba vivo en Marabunta (1953), y lo ubicaron en los elencos de Terremoto y Aeropuerto 75 que no le agregaron ninguna gloria.

Para entonces ya se habían diluido referencias más valiosas, sobre todo dos gestadas inmediatamente antes de Ben Hur. Fue en 1958 cuando actuó en Horizontes de grandeza y en Sombras del mal. La primera es una de las obras mayores del western, realizada por William Wyler, el mismo director que un año después haría Ben Hur, sobre un hombre del Este (Gregory Peck) que viajaba al Oeste para conocer a la familia de su prometida.

En la otra película se recuerda que Heston hizo algo más que actuar porque utilizó su fama para conseguir que los estudios Universal dejaran que el director fuera Orson Welles. El resultado es una obra maestra del cine negro, donde Welles brilla además como actor y donde aparece en un papel secundario Marlene Dietrich. Sombras del mal fue reestrenada en Uruguay en 1998 en una versión restaurada bajo el título Sed de mal.

Ayer el presidente George W. Bush recordó a Heston diciendo: "Fue un hombre de carácter e integridad, con un gran corazón". El mensaje presidencial, que no siempre responde a las despedidas de grandes artistas del país, fue también un reconocimiento a lo que Heston hizo fuera de cámaras. Quien en su momento se plegara a las manifestaciones por los derechos civiles en los `50, en 1998 fue elegido presidente de la Asociación Nacional de Armas, desde donde lanzó campañas en favor de la tenencia de armas y enfrentó duramente al entonces presidente Bill Clinton. En razón de esta actividad Michael Moore lo fue a buscar para su documental Bowling for Colombine (2002). "La segunda enmienda me da el derecho a poseer armas" reiteraba el actor en forma imperturbable. En una convención de la Asociación había sentenciado que sus armas le tendrían que ser arrebatadas sólo "de mis manos muertas y frías".

Para entonces ya padecía el mal de Alzheimer. Ese mismo año salió a los medios para anunciar su enfermedad. "Debo encontrar un punto de equilibrio entre el valor y la resignación", reflexionó quien en 1998 había soportado una operación de cadera y un cáncer de próstata. Al fallecer estaba junto a su esposa Lydia, con quien se había casado en 1944.

Ben Hur

Lo marcó para siempre. Bajo la dirección del gran William Wyler, Heston interpretó a un individuo injustamente tratado por el régimen romano, que sobrevivió a la crueldad en los mismos días en que Cristo padecía el calvario y la crucifixión. Aceptó el papel que algunos famosos habían rechazado.

Desde las grandes ambiciones a las producciones más pequeñas

El Cid

Se remonta al siglo XI para mostrar al legendario Cid Campeador luchando contra los moros para reconquistar terrenos perdidos. En medio del gigantismo de la producción de Samuel Bronston, hay espacio para el amor y el lucimiento de Sofia Loren como Doña Jimena. Dirigió Anthony Mann.

El planeta de los simios

Sorpresiva historia para el actor que interpreta al comandante de una nave terrestre que en el año 3978 se ve forzada a aterrizar en un planeta desconocido, donde vive una civilización de simios. El remate del film dirigido por Franklin Schaffner tiene lugar para un imprevisible giro temporal.

La orden de la muerte

Penúltima película del actor, realizada en 2001, que llegó a través del DVD posiblemente alentada no por la presencia de Heston sino la de su protagonista, Jean-Claude Van Damme. Aventura menor tan olvidable como la posterior My Father, rua Alguem 555 hecha dos años después.

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