RUBEN LOZA AGUERREBERE
Pueden dejar de buscar. Fui yo quien abatió a Saint-Exupéry". Tales, las palabras del piloto alemán Horst Rippert, de 88 años, el pasado sábado a "Le Provence", a dos investigadores franceses. Y entonces habló. Contó que siguió al avión francés y lo alcanzó con varios impactos y que vio que caía sobre las aguas, aunque no se percató qué había ocurrido con el piloto. "Fue después cuando supe que era Saint-Exupéry. Yo esperaba que no fuera él, porque en nuestra juventud todos habíamos leído sus libros y lo adorábamos", ha explicado Rippert, quien tras la Segunda Guerra Mundial fue periodista de la cadena de televisión ZDF.
El piloto alemán comentó que llevaba dos semanas de servicio en la costa Sur de Francia cuando en la mañana del 31 de julio de 1944 identificó un Lightning 38 y se dirigió hacia el aparato. Saint-Exupéry había despegado ese mismo día desde su base situada en la isla de Córcega, para una misión de reconocimiento, a bordo de un avión Lightning P38, pero nunca regresó.
Hace diez años, un pescador halló entre sus redes una pulsera que perteneció al autor de "El Principito"; y seis años más tarde, fueron encontrados restos del avión, frente a las costas de Marsella.
Tengo, mientras escribo, perspicuo recuerdo de las palabras que Mario Vargas Llosa me dijo, mientras hablábamos un atardecer madrileño, de Antoine de Saint-Exupéry: "A mí me parece un magnífico escritor. Yo leí con gran entusiasmo sus novelas, esas novelas de acción de un aventurero, llevadas a un nivel como las de Malraux, llenas de inteligencia, de lucidez, de héroes que se distancian de sus propias hazañas gracias al intelecto, a la cultura, al examen crítico. Son novelas fascinantes".
El final de Saint Exupéry, que conocemos ahora, parece salido de las páginas de una de sus novelas inolvidables, como "Vuelo nocturno", que fuera prologada por André Gide, o de "Piloto de guerra", otra obra poderosa. Y es que fue un hombre, un escritor, que se nutrió de las visiones celestes del aviador, y así es toda su obra, donde destella el memorable relato "El principito", un libro que todos los niños deben visitar.
En el número 8 de la calle Alphonse Fochier, en Lyon, que antes se llamaba Rue de Peyrat, nació Antoine de Saint Exupéry el 29 de junio de 1900. Y fue el 6 de abril de 1946 cuando se conoció, en Francia liberada, la edición de "El principito", ese libro que hoy ha vendido 80 millones de ejemplares en 150 lenguas.
Este texto casi inclasificable, es un libro de lectura imprescindible. No hay quien no lo conozca. Las emociones de este personaje han traspasado todas las fronteras, y su querible criatura sigue siendo, ajeno al paso de los años, un ser vivo en la memoria de quienes le han frecuentado, pues ninguno lo olvida, así que pasen los años. Y por ello este libro clásico es con honor el mayor "best seller" de las letras francesas.
Saint Exupéry se había casado en 1931 con una viuda salvadoreña, Consuelo Suncín Sandoval, mujer de gran belleza, que había sido esposa, muy jovencita, del periodista Enrique Gómez Carrillo. Ella había heredado propiedades en París, en Niza y en la Argentina, donde se conocieron.
Ahora que sabemos quien derribó su avión, no dejaremos de esperarle. Se ha despejado el misterio pero no la leyenda. Creo que sólo nos queda tomar en nuestras manos "El Principito", evocando su memoria. Y sentiremos que una mano niña, aprieta nuestro corazón.