Guillermo Zapiola
Ya se ha dicho que era una película bastante inclasificable. Acaba de ser editada en DVD (por BuenCine) "La canción más triste del mundo", melodrama del canadiense Guy Maddin que merece algo más que un vistazo superficial.
Se la puede definir como un musical, una comedia, un melodrama, o más bien una mezcla de todo eso, más algunos toques de surrealismo y locura. La acción se desarrolla en Canadá en tiempos de la Gran Depresión, y al frente de todo el asunto hay una baronesa de la cerveza de Winnipeg (Isabella Rossellini), a la que buñuelescamente le faltan las piernas y que para aumentar sus ventas organiza un concurso para elegir la música más triste del mundo.
La competencia atrae a músicos de todo el planeta, desde Siam a México o Escocia y el propio Canadá, quienes deambulan a través de una historia a la que el director (quien presentara hace algunos años en la Cinemateca una retrospectiva de su obra) aplica recursos expresivos que son ya su marca de fábrica: combinación de blanco y negro y color, una puesta en escena espectral, bizarra, con reminiscencias expresionistas, elementos de cine clásico que se convierten por momentos en su autoparodia.
El relato maneja arquetípicos recursos de melodrama, poblándolos empero de personajes extravagantes, derivando en una extraña mezcla de coherencia y extrañeza estética y estilística. Por atrás del humor, con frecuencia macabro y sombrío, corre una veta de melancolía que empapa su historia de amor, rencores y venganzas, pasados ocultos y misteriosos, vidas truncadas, personajes perdidos y desorientados. Uno de los reales logros del film es la forma en que logra fusionar un ambiente circense y caricaturesco con un tono dramático, emocional y lúgubre, y un relato rico y cargado de detalles, donde la música (reflejo de la vida) juega un papel esencial.
Dato a retener: que el autor de la historia original sea el japonés angloparlante (y habitante de Londres) Kazuo Ishiguro, el creador de Lo que queda del día. Si el film que Ivory extrajo de allí era un melodrama "clásico", éste de Maddin es en cambio su "parodia seria", el referente entre "camp" y "kitsch" que incorpora desde la crítica social a la cinefilia.
Cinéfilo empedernido, las referencias de Maddin abarcan a Buñuel, Jean Cocteau y la tradición del surrealismo cinematográfico, pero también incorpora temas, imágenes y atmósferas que conectan con su infancia: los cuentos fantásticos, un universo de cavernas y pinturas rupestres, el melodrama. Sabe que el melodrama es un género sin prestigio culto, pero espera revertir la situación (lo dijo cuando estuvo en Montevideo). Sus referencias cinematográficas van empero un poco más allá, e implican igualmente a realizadores que han cultivado el deliberado alejamiento de cualquier planteo realista: Murnau, Edgar G. Ulmer, Joseph von Sternberg (El ángel azul y otros films con Marlene), Douglas Sirk (especialmente sus melodramas para la empresa Universal, como Sublime obsesión o Imitación de la vida), más cerca de Fassbinder.