MATÍAS CASTRO
No confíe en la palabra de una vedette venida a menos. Esa es la lección que Alejandra Pradón y Silvia Süller le dejaron a Uruguay este verano. El miércoles pasado el dúo de humoristas "Los Paseanderos" interpuso una demanda contra las dos por incumplimiento de contrato. La historia es conocida: las habían contratado para que participaran con ellos del Carnaval, en ocasión de su cuarto de siglo sobre las tablas, pero Silvia no vino y Alejandra estuvo solamente tres días, aunque ambas cobraron sus respectivos adelantos.
Si bien la noticia es llamativa, no hace falta darle muchas vueltas al asunto para notar el detalle de que estas dos figuras no están pasando por el mejor momento de sus carreras. Silvia Süller tuvo que intentar suicidarse hace pocos meses para que la televisión se fijase en ella. Y el jueves pasado la policía allanó el apartamento de Alejandra, a pedido de un ex, quien reclamaba algunas pertenencias personales. Conviene hacer un pequeño apunte a las dos historias: buscar prensa con un intento de suicidio implica estar muy desesperado y probablemente no tener un peso en el bolsillo, y ser allanado implica que hay gato encerrado (sin dobles sentidos chabacanos).
En foros de Internet se pudo leer la opinión de mucha gente que, con sentido común, hacía referencia a lo caro del cachet de estas dos figuras. De todas maneras, el desembolso de dinero fue cuestión de Los Paseanderos y sólo a ellos les afectó el bolsillo. Pero el hecho de que la presencia de Silvia y Alejandra haya generado gran expectativa implica que Uruguay todavía tiene mucho camino farandulero por recorrer. Ambas son personajes estrafalarios de cierta notoriedad, pero el buen momento para sus cuerpos pasó hace por lo menos diez años, e incluso más. Su ausencia es más noticia que su presencia.