GONZALO AGUIRRE RAMÍREZ
Se ha puesto de moda discutir sobre la identidad nacional. El planteo lleva de la mano a ubicar las virtudes y defectos propios de los uruguayos. ¿Qué nos singulariza?
No nos parece mal esta preocupación de algunos compatriotas, si nace de la verificación exacta de que nuestro país vive, en no pocos ni menores aspectos, un proceso de decadencia que es necesario y posible revertir. Pero, cuando de tal desvelo comprensible se pasa a la tontería de cuestionar la viabilidad del Uruguay, nos hierve la sangre.
Entre otras razones, porque no descendemos de los barcos, como dice algún zonzo en pretendible frase ingeniosa, sino de un jefe de batallón en la reconquista de Buenos Aires, de dos constituyentes de 1830 y un constituyente de 1917, de criollos que conocieron a Artigas, así como a casi todos los Treinta y Tres, que vivieron en esta tierra bendita durante todo el proceso de la independencia, que la celebraron cuando nos fue reconocida en 1828 y que juraron con emoción la Constitución el 18 de julio de 1830, que reivindicaron a Artigas en polémicas memorables, que fueron parientes políticos de Ignacio Oribe, que, soldados de la Tricolor y del Quebracho, lucharon con valentía y riesgo personal contra Latorre y contra Santos, que uno de ellos fue pacificador nacional en 1897 y 1903 y otro de ellos firmó el protocolo que el 5 de enero de 1910 sepultó la tesis de "la costa seca" y restableció la normalidad de las relaciones con la República Argentina. Por todo ello -y mucho más- es que nos hierve la sangre cuando leemos tales estupideces.
Negar, en términos históricos, la viabilidad de una nación que es independiente desde hace 180 años es de gente rematadamente tonta. Y negarla en términos geográficos, también lo es. Nuestro territorio abarca 176.000 quilómetros cuadrados de tierra fértil. No hay, en él, desiertos, páramos, selvas, montañas inaccesibles ni nieves eternas. Tampoco volcanes. Nuestro clima, a pesar de su variabilidad, es templado y generalmente acogedor. Muy lejos estamos de ser un país mediterráneo.
Creer que la "uruguayidad" finca en tomar mate -caña, grappa o whisky- ir al Estadio o a Maroñas, escuchar a Gardel y al gordo Troilo, frecuentar las playas y no abominar del candombe y de las murgas, es ver el árbol y no el bosque. Es quedarse en lo folclórico y confundir lo adjetivo con lo sustantivo.
Los uruguayos amamos la libertad y la democracia. Y abominamos la tiranía. De sobra lo demostramos cuando dijimos ¡NO! el 30 de noviembre de 1980 y en el Obelisco, el 27 de noviembre de 1983. Y admiramos a nuestros héroes, que nadie inventó. Fueron reales y gloriosos. Así lo expresó el siempre magistral José Irureta Goyena:
Adoramos "la memoria de nuestros héroes, porque fueron hombres humildes que dieron todo lo que tenían, reposo, fortuna y años de vida, por una patria tan humilde que sólo podía ofrecerles como recompensa de su sacrificio, un poco de gratitud, de la pobre gratitud que es, ha sido y será el dinero único de la humildad. No le era dado ofrecer riquezas porque no tenía siquiera caja de caudales, ni gloria, porque la gloria es el ditirambo de los poderosos". Y todo ello es verdad. ¡Qué maravilla y qué orgullo para todos nosotros, los uruguayos!
Cultores de la democracia y del sufragio libre, reverenciamos, además, a nuestros grandes líderes políticos. A José Batlle y Ordóñez, Luis Alberto de Herrera y Wilson Ferreira Aldunate, cuyos sepelios fueron imponentes exhibiciones de pesar colectivo.