Sábado 02.02.2008, 21:59 hs. | Montevideo, Uruguay
 
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Rinden culto a Iemanjá, diosa del mar

El Río de la Plata se llenó hoy con las ofrendas a Iemanjá, una diosa del mar de reminiscencias africanas que recibió el homenaje de cientos de sus devotos en las playas de Montevideo con ritos en demanda de prosperidad, salud y amor.

Los fieles de este culto llenaron las playas de la capital de Uruguay con ceremonias de purificación, erigieron centenares de altares con velas en la arena y botaron decenas de barcos en miniatura cargados de ofrendas y "agrados" para la señora de los peces.

Este culto comparte el 2 de febrero con la fiesta cristiana de la Candelaria, o de la Purificación de la Virgen, pero la coincidencia queda ahí, pues la noche de Iemanjá está llena de connotaciones paganas que se retrotraen a los cultos afroumbandistas importados por los esclavos africanos que llegaron como mano de obra forzosa a América Latina.

En el antiguo barrio negro de Montevideo, donde se encuentra hoy día el distrito de Palermo, aún se ven locales donde se reza por Iemanjá y se recuerdan otras divinidades importadas, como Oxúm, Oiá, Oxalá, Xangó o Bará.

En un país de vocación laica como Uruguay, la multitud de seguidores de Iemanjá llamaría mucho la atención de no compartir estos días ese embrujo africano con las fiestas de carnaval a ritmo de candombe.

"No es una religión en sí, pues muchos de los que aquí ves se declararían católicos y otros ateos. Simplemente, esta fiesta se ha convertido ya en una tradición más de los uruguayos", señaló Martín, uno de los asistentes a la fiesta en la playa de Ramírez, donde en la madrugada del domingo se repetirán las ceremonias.

Esta ensenada en el lado occidental del cabo de Punta Carretas, en el sur del casco urbano de Montevideo, renueva la magia de ser el epicentro del culto a Iemanjá.

Las ofrendas y los ritos de purificación se repiten en todo el país, en las costas y en las lagunas y ríos del interior, a dónde este culto de la "umbanda" se propagó hace medio siglo procedente de Brasil.

En la playa Ramírez la gente empezó a acudir ayer con sus bolsas de ofrendas y sus barcos votivos, ya bien oculto el sol, a la espera del clímax de la fiesta pasada la medianoche.

Agrupados en familias y círculos de fieles, los leales a Iemanjá cavaron pequeños cráteres en la arena, en cuyo interior colocaron las velas de ofrenda.

Después, al tiempo que repicaban las campanillas de llamada a los espíritus del mar, rezaron sus plegarias y pidieron a la diosa suerte, amor, felicidad y trabajo.

En uno de los recodos de la playa, apenas iluminada por las humildes luces de una verbena cercana, vana rival de la esplendorosa constelación de la Cruz del Sur en lo alto, un grupo de mujeres cumplía unos curiosos rituales de purificación.

La "mae" o sacerdotisa, una mujer rubia de piel pálida y formas opulentas cubiertas de blanco, entró en el agua y repicó una campanilla.

A continuación, vertió el contenido de dos bolsas de plástico con comida, flores y alguna pertenencia más valiosa, que acabaron en las oleaginosas aguas del Río de la Plata.

Después, procedió a imponer las manos a varias jóvenes, en un aparente rito de sanación y fertilidad.

Esta misma ceremonia se llevaba a cabo con otro grupo mucho más numeroso en el centro de la playa, donde otra "mae" de blanco con una larguísima trenza negra "limpiaba" los cuerpos de los acólitos que aguardaban en filas.

Todo ello acompasado por un tambor de candombe tocado por un muchacho, que a la vez entonaba una jerigonza en la que lo único inteligible era el nombre de Iemanjá.

Al terminar las purificaciones, la sacerdotisa se adentró en las oscuras aguas y se lavó las manos, ahogando así los males que acababa de arrancar a los fieles.

En un golpe de efecto, una asistente de la "mae" le cubrió unos instantes la cabeza con un pañuelo blanco que, al ser retirado, dejó tras de sí una misteriosa nube de polvo gris en suspensión.

Detrás de la sacerdotisa, una docena de barcos votivos con sus cubiertas llenas de velas encendidas y presentes se alejaban, mar adentro, en una fantasmagórica armada abocada al naufragio.

Sus restos llenaban en la mañana de este sábado las orillas de la playa, donde las gaviotas picoteaban los restos de comida arrojados por la marea y algún que otro pícaro rebuscaba entre la arena con la esperanza de hallar algún presente más valioso, dejado en la noche a Iemanjá por sus fieles.

EFE



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