RICARDO REILLY SALAVERRI
Por estos días viene siendo noticia internacional de referencia permanente, la negociación que el presidente Chávez mantiene, en función de su buena amistad con la guerrilla comunista colombiana -las autodenominadas Fuerzas Armadas Revolucionarias Colombianas (FARC)- para obtener la liberación de un puñado de personas vilmente secuestradas. Mantenidas en muchos casos por largos años en cautiverio en la selva en precarias condiciones.
Visité Colombia y Bogotá en dos oportunidades. De ambas hace tiempo. La primera vez que allí estuve como turista, me llamó la atención el permanente consejo dado por doquier, de tener cuidado por existir en la ciudad una delincuencia incontenible. La segunda -en 1994- fui representando al país como Ministro de Trabajo y Seguridad Social, para participar de un evento sobre temas sociales, al que concurrían todos los países del continente americano. Lo patrocinaban la Organización de Naciones Unidas y tenía el madrinazgo personal de la esposa del entonces presidente Gaviria.
En la segunda oportunidad previo al viaje recibí un fax en el que entre otras medidas y recomendaciones de seguridad personal, se me ofrecía contar con un coche con chofer y un guardaespaldas, cosa que por precaución acepté.
Una vez en Bogotá, dialogando con compatriotas uruguayos, me desayuné con el hecho de que habían miles de personas secuestradas por el grupo terrorista marxista antes mencionado -se estimaban en 2.000- el que cubierto por la inmensidad e impenetrabilidad de amplias zonas selváticas, maneja el negocio del narcotráfico y la industria de los secuestros.
Los secuestros pueden tener motivación política, caso de la candidata a presidente de Colombia, Ingrid Betancourt, cuya esmirriada, deteriorada y escuálida figura trascendió por fotografías a la prensa recientemente. En otros casos, se me contaba, secuestran a personas para cobrar rescates, como negocio, sin urgencia por la liberación de las víctimas, a las que cambian por dinero.
Solo mencionar la situación provoca repugnancia, por lo cobarde del acto y por el desprecio por la humanidad que expresan, y no se puede olvidar, que entre nosotros hay gente que ha practicado iguales conductas terroristas y más aún, que en el actual gabinete de gobierno hay quien ha expresado su adhesión a las mencionadas FARC.
En el marco de esta confrontación secular entre la Colombia que quiere afirmar una institucionalidad democrática y quienes practican la delincuencia para el establecimiento de no se sabe bien qué socialismo, está la valiente presencia del presidente Álvaro Uribe. A cuyo padre los terroristas asesinaron, quien con firmeza es vanguardia de la causa de la libertad y la dignidad humana en Colombia y América Latina. Quien permanece y actúa sin medir riesgos personales, ni ceder a la corrupción y la agresión enraizadas en el marxismo.
La negociación del venezolano Chávez con la guerrilla colombiana revela la catadura de sus ideas y relaciones. Que la organización delictiva le dé personería como interlocutor, lejos de ser un mérito, es una descalificación sólo aceptable por el dolor de las familias de los secuestrados, que por cualquier medio quieren reencontrarse con sus seres queridos. Y, por lo que se sabe por la prensa, de los miles de rehenes en poder de las FARC, de lo que se habla en esta negociación es de la liberación de tres personas. Patética información y más patética realidad.