PABLO DA SILVEIRA
Hace algunos días se conocieron los resultados correspondientes a la edición 2006 de la prueba PISA: una medición internacional que permite comparar lo que han aprendido los alumnos de 15 años de buena parte del mundo. En esta ocasión fueron evaluados unos 400 mil estudiantes en 56 países. Las mediciones permiten conocer los niveles de aprendizaje logrados en ciencias, matemática y lectura.
Los resultados confirman lo que había mostrado la edición anterior de la misma prueba, realizada en el año 2003: los estudiantes uruguayos están aprendiendo mucho menos de lo que aprenden los estudiantes de los países con buenos sistemas educativos. Mientras el puntaje promedio en la prueba de ciencias fue de 563 puntos en Finlandia (el país mejor ubicado en esa disciplina), el puntaje promedio de los uruguayos fue de 428 puntos. El país al que le fue peor en esa prueba (el ignoto Kyrgyzstán) obtuvo 322 puntos. Uruguay está bastante más cerca del peor que del mejor. Las cosas son apenas mejores en matemáticas.
La prueba confirma, además, que Uruguay es uno de los países donde existe una mayor distancia entre lo que aprenden los que aprenden mucho y lo que aprenden los que aprenden poco. No sólo nos falta calidad, sino también equidad.
Algunos han querido conformarse diciendo que, en general, a los estudiantes uruguayos les va mejor que a los de otros países de América Latina. Pero se trata de un falso consuelo. En primer lugar, las diferencias en los puntajes obtenidos por los países latinoamericanos son insignificantes en términos estadísticos. En segundo lugar, Uruguay obtiene un puntaje algo superior al de otros países de la región, pero al costo de un mayor abandono escolar (es decir, nos va un poquito mejor porque expulsamos más fácilmente a los casos problemáticos). En tercer lugar, y esto es lo más grave, la nueva edición de PISA confirma que los dos peores lugares del mundo para hacer estudios secundarios son África y América Latina. Somos líderes del pelotón de los rezagados.
Las noticias de PISA son malas, pero es bueno recibirlas. Lo único peor que tener un problema es tenerlo y no saberlo. Eso nos pasa a menudo en materia educativa: nuestro país tiene una muy débil cultura de evaluación de resultados.
Durante décadas, el único elemento de evaluación del que dispusimos fueron las notas de los docentes. Pero si bien las notas son importantes, no nos dan un panorama de conjunto porque dependen mucho del contexto. Un mismo escrito puede recibir tres calificaciones muy diferentes si es corregido en un instituto privado, en un liceo de la periferia montevideana y en otro ubicado en el interior.
Recién a principios de los noventa se inició en el país la práctica de pruebas estandarizadas de medición de aprendizajes. La experiencia se continuó en los años siguientes, pero perdió impulso durante este gobierno. Considerados en conjunto, los conocimientos que tenemos sobre el desempeño de nuestros alumnos son comparativamente escasos.
Una de las funciones claves que debe cumplir el Estado en materia educativa es actuar como auditor de las escuelas y liceos. Los sistemas educativos existen para que los alumnos aprendan, y es necesario verificar si eso ocurre. Una Ley de Educación bien orientada debería jerarquizar esa tarea y ponerla en manos de una agencia capaz de actuar con independencia y solvencia técnica.