LA OTRA ORILLA
Julia Rodríguez Larreta
En ánimo de contemporizar, puede decirse que el inusitado desplante de Cristina Kirchner contra el presidente uruguayo, nada menos que en su ceremonia de asunción, frente a una vasta platea, incluso internacional, se debe a que "algo tenía que decir para tranquilizar la interna piquetera".
Sin embargo, resulta no sólo fuera de lugar, sino asombroso, que sea la presidenta de Argentina, la que pretende darle lecciones al Uruguay sobre lo importante que es cumplir con las normas, con los acuerdos pactados, cuando tiene que evitar volar en el avión presidencial en sus numerosos viajes al extranjero, porque corre serio peligro de que le embarguen el Tango 01. ¿Por qué? Por la simple razón que Argentina tiene una larga historia de no respetar los compromisos. Es abundante la lista de ahorristas que compraron títulos de ese país, que se sienten estafados, no aceptaron la propuesta que suponía pagarles un 70 % menos de su valor y han presentado sus demandas y querellas ante los estrados judiciales de Italia, Estados Unidos, etc.
Y ni que decir, de los cambios de regla impuestos intempestivamente, a las empresas extranjeras que decidieron invertir en el quebrado sector público de los servicios, como ser electricidad, teléfonos, agua, transporte, etc., muchas de las cuales finalmente optaron por irse ya que la situación con las tarifas congeladas era insostenible.
A lo que se suma la deuda con el club de París, de unos 20.000 millones de dólares, lo que le significa tener cerrado el acceso al crédito internacional, por ejemplo, para las importaciones de bienes de capital, sobre todo para los grandes proyectos, dado que la financiación o las garantías de las agencias gubernamentales europeas son imprescindibles para este tipo de operaciones. De ahí que al final es posible que el gobierno de Cristina se tenga que tragar el sapo de arreglar nuevamente con el Fondo Monetario, para acceder al mercado internacional del crédito y tenga que dejar de lado los discursos de corte populista anti Fondo. En conjunto, con la deuda de los "hold outs", (los que no se avinieron al canje), Argentina tiene que arreglar por unos 50.000 millones de dólares.
Por algo, se le permiten tantas lindezas al presidente Chávez, como ser prestarle un estadio para que haga una contra cumbre, donde despotricar contra Estados Unidos o México, como lo hizo el año pasado, mientras se desarrollaba la Cumbre oficial en otra ciudad. Es que por ahora, el que "salva la petisa" es el presidente "narcisista-leninista", (al decir de Oppenheimer), que se ha mostrado dispuesto a comprar los bonos argentinos que luego revende en el mercado externo, (lo que no puede hacer Argentina), aunque no se sabe bien, cuánto le cuesta esta mecánica a los argentinos, ni hasta cuándo podrá durar.
Así que Uruguay no haya "notificado" (no se trata de pedir permiso), previamente a la Argentina, tal como está establecido en la CARU, la instalación de las pasteras, es "pecata minuta".
Y la mejor prueba de que era una falla menor, fue que luego en la Memoria presentada al Congreso de la Nación por el Presidente Kirchner, en el artículo referido al Río Uruguay, figurara que estaba todo bien, a partir del encuentro de los entonces cancilleres, Bielza por Argentina y Opertti por Uruguay.
PRIMERIZA. Dejando de lado estos lamentables asuntos, hay que decir que la jura de la nueva presidenta argentina, frente a su marido que fue quien le cruzó el pecho con la banda presidencial, es un hecho inédito y no sólo para ese país. Se puede destacar también que su antecesor deja el cargo con un fuerte respaldo y es uno de los pocos que ha logrado completar su mandato de un solo período. Por su lado Cristina, a diferencia de la congénere que la precedió en la presidencia, Isabelita Martínez de Perón, lo ha logrado tras ganar en la contienda electoral. Si bien es verdad que la utilización del poder y los medios de los que hizo uso y abuso, por ser la mujer del Presidente para su campaña, fue algo grosero, por decir lo menos.
Su discurso en la toma de mando fue una improvisación llamativamente fluida y de una duración discreta, una hora, felizmente alejada del estilo Chávez. Aunque como ejemplo de brevedad, nadie le gana a Macri, quien también asumió el mismo día, y cuya oratoria fue de 13 minutos.
El primer desafío para la novel ocupante de la Casa Rosada, tal vez sea demostrar que es la Presidenta, ya que la interrogante que todos se hacen, sobre el papel futuro de su esposo, ella misma se encargó de dejarla en las tinieblas, al hacerse la retórica pregunta "¿se va?".
Cristina comienza su gestión en muy buenas circunstancias económicas, pero también con problemas a enfrentar. Le deseamos el mejor de los éxitos por el bien de su país.