JUAN ORIBE STEMMER
La emigración se mantiene o, incluso, se acentúa. El semanario Búsqueda informa que el movimiento de pasajeros por el Aeropuerto de Carrasco indica que este año habrán emigrado unas 21.000 personas.
La sabia política de España seguramente aumentará la emigración hacia ese país.
La esencia de una sociedad nacional es su gente; la acumulación de generaciones sucesivas que conforman una unidad con su propia identidad y cultura.
En nuestro caso, la emigración tiene un doble impacto. Primero, debido a la cantidad de personas que parten para radicarse en otros países; y, segundo, por la composición de esa corriente. Los estudios indican que los emigrantes uruguayos incluyen a las personas relativamente más capacitadas, con más iniciativa y en plena edad productiva.
Si no alcanza con los argumentos éticos para enfrentar el problema (¿si tenemos la responsabilidad intergeneracional de tutelar el medio ambiente, acaso no existen razones aún más importantes para tutelar la existencia de nuestra sociedad?), también existen sólidas consideraciones prácticas. Incluyendo: ¿quien se supone que bancará este Estado de bienestar modelo 1950 que heredamos (aunque sin la indispensable base industrial y productiva) y que pretendemos hacer aún más frondoso y burocrático? Parecería claro que por más que pasemos por una coyuntura de buenos precios agropecuarios, esto no alcanzará como fundamento para una sociedad mejor y más justa.
Es necesario producir más, producir mejor y exportar más. A esta altura de los acontecimientos por lo menos deberíamos haber aprendido que o exportamos más bienes y servicios, o continuaremos exportando gente capacitada. Para beneficio de terceros países.
Esa prioridad, casi existencial para nuestra sociedad, explica el gran consenso nacional que existe sobre la planta de procesamiento de celulosa en Fray Bentos.
Un consenso, que puede fundarse en meditación racional sobre los hechos o en un sentimiento casi intuitivo, sobre la necesidad de desarrollar nuevas industrias de bienes o de servicios. Las cuales, debido al tamaño del mercado interno nacional, deben estar orientadas a la exportación.
En lugar lamentar la "globalización", un proceso muy antiguo que tiene lugar con, sin o contra nosotros, lo más sensato parecería ser comprender y sacarle provecho al fenómeno. Pero, no bastará con producir mejor, para exportar es imprescindible integrar eficientemente a la economía uruguaya en el mundo.
Lamentablemente, un reciente estudio del Banco Mundial sobre la logística del comercio internacional demuestra que el Uruguay se queda rezagado en la competencia para integrarse mejor en los mercados globales.
El estudio considera varios aspectos claves y culmina en un índice general donde se ordenan 150 países de acuerdo a su "performance".
El Uruguay ocupa la posición 79 en puntaje total (Chile está situado en el lugar 32). Tan mala ubicación se debe a los bajos puntajes obtenidos en materia aduanera (posición 86), infraestructura (70), embarques internacionales (100), logística, costos internos de logística (103) y puntualidad (82).
Y estos resultados no tienen nada que ver con el tamaño del país. De los veinte países mejor ubicados, nueve pueden ser considerados como países de menor tamaño (incluyendo a Suecia, Austria, Suiza, Irlanda y Dinamarca).