SEBASTIÁN AUYANET
Cierre prematuro. Las amenazas se cumplieron y hubo tormenta El esperado concierto de Loquillo tuvo que cancelarse Antes: shows de calidad, buen ambiente y muchísimas opciones
Eran las dos y media de la mañana cuando la tormenta invadió el Parque Roosevelt. Un intenso chaparrón cayó y varios artistas pararon de tocar.
"Dame veinte minutos. Veinte minutos", pidió por celular una de las encargadas de prensa de La Fiesta de la X, ante la pregunta que era a esa altura un pedido de confirmación de algo obvio: a las dos y media de la madrugada, la X se suspendía.
Por las canchas de la Liga Universitaria la gente corría despavorida hacia las carpas, pero el chaparrón no daba tregua. La gente se apilaba y algunos empezaban a empujar para salir de la "Carpa del Amor", mientras DJ Pegajoso (vaya nombre para la ocasión) intentaba calmar los ánimos de los hacinados con reggaetón.
Cuando quiso insistir con un tema de Martín Buscaglia, las luces bajaron y la música paró. Afortunadamente alguien resolvió que era hora de apagar los generadores y dejar apenas los reflectores encendidos. Por si quedaba alguna duda, el tiempo terminó de sentar postura con un trueno y varios relámpagos. "Suspendido", decía la voz por el móvil 20 minutos después, con un dejo de resignación.
Esos relámpagos que horas antes dieron un marco todavía más exótico a los escenarios de música electrónica y tendencias ubicados sobre la playa, arribaron al predio del Parque Roosevelt minutos después de que el último acorde de Buitres cerrara su actuación en el escenario principal.
"Ya viene un gran artista", anunciaba el vocalista Gabriel Peluffo. Como ellos y otros artistas, buena parte de la prensa local también estaba expectante por la llegada de Loquillo, y esa efervescencia se trasladó a muchos espectadores jóvenes que apenas conocían la canción Cadillac Solitario (versionada por los propios Buitres). De todas formas, querían ver qué tenía aquel catalán.
Nada de eso sucedería. Cual maldición, se frustró el primer y tan esperado concierto de Loquillo, en un medio que lo reverencia como seguramente ya no lo hagan en su propia tierra.
La organización esperó hasta último momento, incluso evaluó reprogramar el show. Pero era imposible y por eso los "plomos" se pusieron a desarmar los equipos. En este momento el músico viaja a Barcelona, habiendo dejado el compromiso de retornar a Montevideo para la próxima edición de la fiesta.
Evaluación. Conforme se desandaba el camino hacia el sector de salida de los ómnibus -algo colapsado, ya que el servicio de transporte tuvo que enfrentar una salida en masa- las primeras preguntas de "balance" comenzaban a surgir.
¿Fue un éxito? ¿Qué faltó y qué sobró? ¿Qué lugar ocupa la fiesta como fenómeno cultural de identidad local? Para eso sería necesario retroceder unas horas, cuando el aire húmedo ya se hacía sentir y los relámpagos no parecían una amenaza.
Pese a que sólo había un acceso habilitado para el público, el ritmo de ingresos fue seguro y fluido. El doble y hasta triple cacheo de elementos contundentes y alimentos no complicaba. Quizá tuviera que ver también con la cantidad de público que concurrió: la última cifra oficial rondaba los 50.000 espectadores sobre las nueve de la noche.
El karma de los servicios gastronómicos de la edición 2005 tampoco apareció e incluso varias barras cerraron la noche con números en rojo, a decir de alguno que sirvió hamburguesas y bebidas a cambio de unos $ 850.
El factor sonido, también de riesgo por tratarse de una ubicación nueva y cercana a la playa, tampoco entró en el debe. Aunque probablemente el humorista Gustaf, que tuvo que compartir horario en el escenario "Cabaret" con la guitarra de Skay Beilinson en el escenario principal, no pensó lo mismo.
En cuanto a la diversidad cultural, piedra fundamental y motor del encuentro, basta con una imagen: cuatro chicos cantando canciones de Buitres en el ómnibus donde el bar "La Ronda" (bastión de la movida musical alternativa de la ciudad) servía sus masticables. En- frente, el boliche rochense "Arachanes" hacía sonar una cumbia a la que todos los peatones se prendían, mientras la scola do samba "Assabranca" completaba la ensalada de sonidos. En la playa, el grupo "Juglares" ofrecía percusión de latas y pirotecnia, y la "Carpa del Amor" pasaba hits de los años 80.
Es decir, todo iba bien... hasta que cayó la primera gota.
Las cifras
50.000 espectadores fue la cifra que manejaba sobre las 21 horas la producción del evento. A esa hora seguía entrando gente a la fiesta
3 cantidad de detenidos según el Jefe de Policía de Canelones, Sergio Guarteche. Uno fue por venta de cocaína y dos por pelear
Sin Loquillo, se destacaron Beilinson y Gieco
Por su intensidad, podría decirse que en el show de Skay Beilinson estuvo el momento más destacado de la noche. Hablando del por siempre redondito de ricota, pareciera que su tercer trabajo solista no se termina de consolidar entre el público que sigue pidiendo el regreso de la banda liderada por el Indio Solari. No es que la obra de Beilinson no se sostenga por sí sola, pero bastan dos excursiones al centro del "pogo" cuando suenan viejos éxitos como El pibe de los astilleros y Jijiji, para probar el poder de aquellas canciones.
La otra estrella de la noche que se presentó en el escenario principal, fue aclamado por unos y despreciado por otros. Si bien León Gieco dio uno de los espectáculos más sólidos de la noche, recibió variados insultos a través de los mensajes de texto proyectados en las pantallas.
Dentro de la grilla, la X parece haber encontrado la justa medida de artistas y escenarios: entre la arena y el pasto, fue posible alternar bandas convocantes y novedades. Entre la carpa "De Acá" y el escenario "Rock en ruedas" se repartieron otros artistas que completaron el menú, desde el metal de Radical hasta las cuerdas de Edu "Pitufo" Lombardo y los vientos de Cuatro pesos de propina.
¡Cúbrase quien pueda!
El chaparrón da de lleno en la cara de un chico subido a una pequeña estructura de caños que se esfuerza por arrancar una bandera de hule para cubrirse la cabeza. Otro pide una bolsa de basura, la agujerea y se la pone como remera. Seis personas se juntan sobre un paraguas que se rompen fácilmente por el viento y unos siete (sí, siete) miembros del personal de seguridad intentan frenar a un chico que salió como un toro desde dentro de una de las carpas decidido a golpear a otro. Cuando empezó a llover, la mayoría de los asistentes optó por retirarse inmediatamente, pero otros quisieron bailar esperando que la tormenta cediera, cosa que no sucedió hasta cerca de las cuatro de la mañana, cuando ya todo estaba resuelto.
Sobre la zona del Supermercado Géant, mientras los últimos rezagados esperaban los ómnibus interdepartamentales, un chico enfundado en una de aquellas banderas de hule caminaba hacia Montevideo. Una vieja camioneta con varios chicos pasó a alta velocidad sobre un charco y lo bañó de nuevo, pero a esa altura de la noche poco importaba.