JUAN ORIBE STEMMER
En el largo plazo todos estaremos muertos, señaló Keynes, pero también es verdad que la historia es determinada por grandes tendencias que evolucionan sin prisas, pero sin pausas. Las noticias apenas son la espuma en la superficie de corrientes más profundas que dictan el curso de la historia. Hoy parecería que la velocidad de esos cambios fundamentales se está acelerando y generando nuevos desafíos que haríamos bien en estudiar, con el fin de aplicar, a tiempo, estrategias de supervivencia adecuadas.
Uno de los desafíos clave es el cambio del clima global causado por las emisiones de gases de invernadero a la atmósfera, producidos por la quema de combustibles fósiles (petróleo y carbón).
Este proceso, en primer lugar, modificará el clima de nuestra región, un aspecto de especial gravedad porque somos países esencialmente agropecuarios. En segundo lugar, el cambio climático refleja, en mayor o menor medida, el aumento en la demanda mundial por energía la cual, por ahora, se traduce en un mayor consumo de los derivados del petróleo y de carbón (en este último caso para las usinas generadoras de electricidad).
El reciente informe sobre las perspectivas de la energía en el mundo elaborado por la Agencia Internacional de la Energía (AIE) -una organización de carácter técnico formada por los países más desarrollados pertenecientes a la OECD- pinta un panorama más que preocupante. Especialmente si consideramos las conclusiones y advertencias formuladas en sus recientes diagnósticos por el Panel Intergubernamental para la Cambio Climático de las Naciones Unidas.
El rápido desarrollo económico en China y la India -mayor que el previsto hace unos pocos años- aparejará un considerable aumento en el consumo de energía, lo que, primero, aportaría al efecto de invernadero y, segundo, podría conducir a una crisis en los mercados del petróleo.
La mayor demanda por energía en esos países (a los que deberían sumarse la de otras naciones del Tercer Mundo, en condiciones similares) se debe a dos factores. El primero es cuantitativo. La población de nuestro planeta aumentará de los actuales 6.555 millones a 9.243 millones en el año 2050; China tiene ahora 1.311 millones de habitantes, para el 2050 tendrá 1.628 millones; la India pasará de sus actuales 1.122 millones a 1.437 millones. Ese aumento coincidirá con un significativo desarrollo económico en los dos países, el cual se traducirá en un mayor consumo de energía por habitante. Lo que es muy alentador y positivo para todos.
Pero, también, las estimaciones indican que China pasará a ser el primer emisor mundial de gases de invernadero en este año y que la India subirá al tercer nivel en el 2015.
Si no se introducen medidas adecuadas es posible que las emisiones por habitante en China alcancen las de los países de la OECD para el año 2030. También es probable que el aumento de las importaciones de petróleo en esos dos países (sumada al aumento previsto en el resto del planeta) traiga consigo la continuidad de esta escalada furibunda en los precios del petróleo, con todo lo que ello significa.
La única salida es aumentar la eficiencia en el consumo de energía y embarcarse decididamente y lo antes posible en estrategias de producción de energía a partir de fuentes renovables que no contaminen y que, además, aseguren un máximo de independencia del petróleo. Este es el gran desafío del futuro.