JUAN MARTÍN POSADAS
Hay personas que se deleitan jugando a desconcertar; no soy de ellos. Si finalizada la lectura de lo que sigue alguien queda con la idea de que he buscado la paradoja por sí misma, lo invito a que lea de nuevo.
Las izquierdas, por definición, son fuerzas de cambio, dispuestas a la denuncia de lo viejo (lo de antes) y atentas a todas las transformaciones posibles. Pero, como le oí decir a César Aguiar en el salón Maggiolo de la Universidad antes de que se consumara el hecho, "en el Uruguay no va a ganar la izquierda: las elecciones las va a ganar el Frente Amplio".
Ahora, con dos años de gobierno sobre el lomo, la fuerza política que ejerce el gobierno se va dando cuenta de las diferencias entre el discurso que se dice desde la oposición y lo que se tiene que hacer y decir desde el gobierno. Se trata de un aprendizaje sano. Los únicos que se enojan y despotrican por ello están adentro del Frente Amplio: demuestran que no entienden la realidad, sólo manejan discursos.
Pero sucede que, al margen del saludable efecto señalado, fruto del cambio de lugar, en el Frente Amplio hubo otra transformación, que empezó a dibujarse antes de las elecciones. No fue incorporada por la responsabilidad de gobernar sino en virajes que se empezaron a notar hace tiempo. Si ellos fueron aceptados porque cayó el muro de Berlín, para poder ganar las elecciones o por otro motivo, esa es otra discusión. El hecho es que la tónica que uno teóricamente atribuye a la izquierda y acepta con naturalidad en ella, tuvo un desplazamiento. En nuestro país la izquierda del empuje dejó lugar a la izquierda del susto.
Ejemplos varios del susto: ¡cuidado, se están plantando muchos árboles! ¡Hay una conjura mundial para robarnos el agua: hagamos un plebiscito para estatizarla! ¡La telefonía fija está amenazada (hasta Vázquez deletreó el epitafio): abracémonos más fuerte a ella! ¡Ojo con los tratados de libre comercio: los grandes nos van a devorar! ¡Cuidado con los transgénicos: prohibamos su importación, su siembra, su consumo y su investigación! ¡Que no haya generación de electricidad por parte de particulares (aunque la ley lo permita) y que siga prohibida la energía atómica que es tan peligrosa! ¡Reduzcamos las horas de enseñanza de inglés, no sea que perdamos identidad! ¡Tratemos de liquidar las AFAP (donde han puesto su plata y sus esperanzas tantos uruguayos) para que vuelva el viejo sistema del BPS! ¡Cuidado con los extranjeros que compran tierras: nos van a dejar sin país! Para no abrumar termino con el VIII Congreso del Pit-Cnt que se declaró formalmente opuesto a la planta de Botnia. (Botnia existe exclusivamente gracias a la Argentina; sin su oposición, tan prepotente e hipócrita que unió a todos los uruguayos, el discurso preelectoral anti Botnia del Frente se mantendría hasta hoy).
Lo verdaderamente desconcertante es la sospecha que el Frente Amplio ganó las elecciones y mantiene un alto grado de apoyo, no en virtud de los vestigios de su pasado revolucionario y su simbología de cambio sino al revés: porque pasó a ser el abrigo institucional y el intérprete político del Uruguay asustado. Es medio Uruguay; el que he llamado el país que no quiere morir.
Para terminar: el Uruguay del susto también encuentra cultores y apóstoles en algunas corrientes de los partidos históricos.
En realidad son pocos quienes se interesan y le dirigen la palabra al otro Uruguay, el que no está asustado; no advierten que esa otra mitad es el país que quiere nacer.