En el marco de la perversidad de la reforma tributaria que consagra el impuesto a la Renta de las Personas físicas, algo que no se puede admitir es que la Administración admita excepciones -exoneraciones, rebajas- para con nadie.
Aquí el deber de tributación es para todos los que perciban ingresos producto del capital, del trabajo, y hasta de la restitución de los aportes que hicieron toda su vida laboral los jubilados.
Es draconiano, pero es así.
Porque en donde se abra una hendija de generosidad, por más pequeña que sea, que quiera contemplar a aquellos que con el tarascón letal van a quedar por debajo de la línea de flotación en cuanto a sus recursos para mantener una vida decorosa -o simplemente la vida- será el acabose.
Sentar un precedente en ese sentido sería fatal.
Es por ello que desde ya, en una de las actividades que tiene la pretensión de un tratamiento especial como la del fútbol profesional es conveniente, previo al comienzo de la actividad del año, que se le advierta claramente a los jugadores del medio que van a tener que erogar la gabela, les guste o no.
Que pretendan trasladarle su importe a los clubes y lo consigan, es otro cantar.
Pero si esta medida se aplica a rajatabla, como debe ser, es posible que aunque sea por esta odiosa vía indirecta, el fútbol uruguayo al fin se encuentre de cara a cara con su realidad, que todavía los dirigentes no conocen o no quieren conocer.
En otros países todos los deportistas pagan, y si trasladan la carga al club y este evade, es al propio deportista a quien lo persiguen para cobrarle y hasta puede ir a la cárcel por evasión.
El deporte profesional uruguayo no puede pagar sueldos de miles o decenas de miles de dólares. Y menos con este impuestazo.
Es grosero pensarlo, y una estupidez hacerlo.
Tendrán, pues, dirigentes, técnicos y jugadores que quieran jugar en el país, que ajustarse los pantalones.
No es descartable que aunque se haga por obligación, sea ese acto de necesidad, el primer paso para borrar y empezar de nuevo, que es lo que la afición reclama.