Juan Oribe Stemmer
En marzo de 1848, durante una sesión en la Cámara de los Comunes, Palmerston definió el principio fundamental sobre el cual, en su opinión, debía fundarse la política internacional de Gran Bretaña: no tenemos aliados eternos, ni tenemos enemigos perpetuos. "Nuestros intereses son eternos y perpetuos, y nuestro deber es seguir esos intereses".
Es un pensamiento muy escueto que separa y distingue entre el propósito de la política exterior (tutelar determinados valores, bienes o situaciones esenciales para la seguridad y prosperidad de un país) de los instrumentos utilizados con tal fin (alianzas, con todos sus posibles matices, con otros estados), y que destaca la existencia de intereses permanentes, de largo plazo.
El aforismo puede ser interpretado como un ejemplo de cinismo, siguiendo la escuela del diplomático francés del siglo XVIII que acuñó la frase "Pérfida Albión" para referirse a la Gran Bretaña.
El buen señor, quizás, habría estado más complacido si los británicos, en lugar de tutelar celosamente su propio interés nacional, hubieran cedido a las pretensiones de la Francia de Luis XV o, después, de Napoleón.
Pero, si lo pensamos bien, acusar a un determinado país, o a una determinada cancillería extranjera, de cuidar a rajatabla el interés nacional es más un elogio -a veces sazonado con una pizca de envidia- que un reproche.
Quizás, lo que más irrite sea el término "interés". Mientras que desinteresado tiene un eco de virtud, se aplica a quien realiza una acción sin buscar un interés material o egoísta; el término "interesado" se refiere a quienes buscan principalmente el interés propio y es casi un sinónimo de egoísta (o, por lo menos, apunta a una falta de habilidad para ocultar el interés propio bajo el manto de un discurso desinteresado y aparentemente altruista).
Pero, en el mundo real, ¿qué es lo que realmente impulsa la conducta internacional?
Negar que existen intereses y que los Estados definen y aplican sus políticas internacionales con el propósito de protegerlos, en el mejor de los casos conduce a la hipocresía internacional, un mal grave, y, en el peor de los casos seguramente llevará a que el país que adopta esa actitud tan ingenua, desconozca sus propios intereses fundamentales y se convierta en el títere de otras potencias más astutas y manipuladoras.
O, peor aún, que termine siendo manipulado por algún líder ajeno.
Poner énfasis en el concepto de interés, no significa necesariamente embarcarse en políticas inescrupulosas o censurables.
Todo depende, primero, de cuáles sean los intereses que se considera necesario tutelar y, segundo, de los medios elegidos.
Los valores que deben ser tutelados por cada país, en sustancia, no han cambiado a través de los siglos.
El interés fundamental, sobre el cual se sustentan todos lo demás, es proteger la soberanía del país bajo el derecho internacional. La patria chica.
Con tal fin, los Estados pueden elegir muchos caminos. El más sano y sensato, en el largo plazo, es defender las reglas fundamentales que constituyen el orden internacional, incluyendo los principios fundamentales de igualdad soberana, de no intervención, y de respeto por la soberanía territorial de los demás Estados.
Pero, para proteger esos bienes fundamentales, los Estados deben cultivar una fría y clara percepción del interés nacional.