En esa sala se ve y se siente la historia. Pero, también se vibra con el presente. Son la historia y el presente no sólo de Estados Unidos, sino también del mundo, porque en ese ámbito se han tomado decisiones trascendentes que tienen repercusiones más allá de las fronteras de la principal potencia del orbe y en la actualidad se siguen escribiendo capítulos, porque allí deliberan asesores sobre temas políticos, económicos y sociales que luego se traducen en políticas que se aplican -elogiadas, rechazadas o polémicas- y el presidente George W. Bush -como ocurrió ayer con cinco periodistas de diarios latinoamericanos, entre los que estuvo el enviado de El País- realiza declaraciones sobre asuntos que son de fundamental importancia para la acción internacional de su país, generando las mismas reacciones de aplauso, discrepancia o polémica, según la posición que tenga cada uno.
Se ve y se siente la historia, porque no por azar, la sala situada en uno de los sectores laterales de la Casa Blanca se denomina Roosevelt, en homenajes a dos Presidentes que tuvieron características, por cierto, diferentes: Theodore y Franklin Delano.
Del lado izquierdo, está una pintura de Theodore Roosevelt (fue el 26° Presidente, de 1901 a 1906), a caballo, flanqueada por el Premio Nobel que recibió por haber mediado en la guerra ruso-japonesa y la Medalla de Honor del Congreso, que logró por sus acciones militares. Del lado derecho, no bien se ingresa al recinto, está la efigie de Franklin Delano Roosevelt (32° Presidente, elegido durante cuatro períodos consecutivos de 1933 a 1945) que evoca su desempeño en tiempos turbulentos por razones económicas, como fue la Gran Depresión, y por motivos bélicos, pautada por el ingreso de Estados Unidos en la Segunda Guerra Mundial tras el ataque de Japón a la base de Pearl Harbor.
En el centro está una reluciente mesa ovalada en torno de la cual pueden sentarse doce personas. Detrás del lugar asignado al Presidente hay tres sillas para sus asistentes. Ayer sólo una fue ocupada. Del lado opuesto hay un sofá y tres butacas, las que en la pasada jornada fueron ocupadas por periodistas de medios internacionales que podían escuchar, pero no hacer preguntas, ni publicar de inmediato lo dicho allí.
La sala tiene tres puertas: una por la que ingresan los invitados y dos del lado opuesto por las que entran el Presidente, sus asesores y el fotógrafo de la Casa Blanca.
Dos óleos reflejan un paisaje campestre y una escena con indígenas junto a un río, lo que junto con el fuego de una estufa a leña, completa un panorama que recorre casi dos siglos de historia.