ANTONIO | MORES | JARDINERO
Alejandro mendieta
Antonio Mores lleva consigo las características herramientas de un jardinero: guantes anchos, alicates, un pequeño rastrillo y una piel curtida por las largas horas bajo el sol, cortando y arreglando las rosas.
Este hombre, tercera generación de jardineros experimentados que siempre trabajaron en la Rosaleda de El Prado (popularmente conocido como el Rosedal), considera que este es el hogar donde nació. Y es que literalmente lo hizo; la casa de sus padres -y donde vive ahora- está ubicada dentro del predio que corresponde al Vivero Municipal; "el CTI de las rosas", bromeó.
Al igual que su padre, y que el padre de su padre, es un trabajador con una gran experiencia en el cuidado de las flores. "Un verdadero jardinero tiene que saber de inseminación, cultivos, plagas, conocer cada una de las rosas, sus características de crecimiento, de abono y de riego", afirmó.
"Mucha gente cree que en este lugar hay rosas y nada más. Pero lo cierto es que hay especies que no se consiguen en otro lado; en el Vivero, por ejemplo, hay ejemplares de rosas verdes, una especie muy rara. "También tenemos plantado la especie de rosa que Napoleón Bonaparte le mandaba a su esposa, Josefina". A esto se le agregan árboles importados como el Cedro Azul o un Secuoya Gigante, con varias décadas de antigüedad cada uno.
Y esta "falta de cultura de parques" en gran parte de los visitantes lleva a que por momentos su trabajo ya no sea lo que supo ser.
SIN RESPETO. El mayor problema que encuentra Mores en su trabajo es tener que "lidiar" con gente que piensa que cortar una flor no afectará al lugar. "Lo hacen adelante mío", dijo asombrado. "Yo les digo ¿qué estás haciendo? Si vos cortás una flor, somos tres millones los que podemos cortar una flor y ahí no tendríamos más nada".
Otro problema son las personas que van a buscar especies que no se consiguen en otro lado. "En una época teníamos carteles con el nombre y la particularidad de cada flor, pero los sacamos porque era un menú para que eligieran dónde hacer el daño", explicó. "Se necesitaría un policía por planta para que eso no ocurriera".
Y algo más conocido, pero igualmente peligroso, es la inseguridad que viven quienes trabajan allí. Mores afirmó sentir miedo de ir a su trabajo algunos días: "y no por las personas grandes, sino por los niños".
Comentó que varias veces le robaron herramientas de su lado, en un descuido de segundos. Ya perdió la cuenta de las veces que vio rapiñas dentro del predio o destrozos en la infraestructura.
El parque y la Rosaleda carecen de iluminación, las farolas fueron en su mayoría robadas o rotas, dejando solamente los caños pelados. La fuente, que en su mejor época supo tener peces de colores, ahora está vacía y parcialmente descuidada. Y estaría peor si no fuera por el trabajo de los jardineros.
"El agua se sacó porque la gente venía a bañarse o a bañar a sus perros. Yo no entiendo cómo en un país con kilómetros de playas se vienen a bañar en una fuente".
Rituales Vudú con huesos humanos picados -como corroboró un matrimonio de médicos de la zona- se veían a simple vista en varios de los canteros. "Una vez llegué a encontrar un ataúd pequeño con un muñeco lleno de alfileres dentro", contó Mores.
Pero no todos son días grises. Hay una parte de su trabajo, además de su amor por las flores, que le causa satisfacción.
"Por suerte tenemos los turistas. Son los más respetuosos. Te agradecen lo lindo que está todo y no tocan nada, ni siquiera se acercan a oler las flores. Con ellos nos sacamos fotos que me han llegado a enviar años después", finalizó.
Perfil
Nombre: Antonio Mores
Nació:En el barrio de El Prado
Edad: 54 años
Profesión: Tercera generación como jardinero de la Rosaleda de Ell Prado y docente de la Escuela de Jardinería
"Tenemos la especie de rosa que Napoleón Bonaparte le mandaba a su esposa, Josefina"
Un árbol como recuerdo
En un momento de la entrevista, a Mores lo llamó una vecina que todos los días recorre la rosaleda. El se alejó unos metros para hablar unos minutos con la mujer. Cuando volvió hacia el periodista le dijo: "tengo que plantar un árbol más tarde. Falleció un viejo conocido del barrio". La curiosidad fue inmediata. Mores explicó que es una costumbre que nació de golpe cuando una señora del barrio le pidió para plantar un árbol en honor a su esposo que iba a hacer gimnasia en ese lugar y que había fallecido hacía poco tiempo. Mores no vio un problema en el pedido al que accedió y plantó un guayabo. Hasta hoy, tres han sido las personas del barrio que recibieron el peculiar "homenaje".