GERARDO SOTELO
El presidente Vázquez se sacó el gusto. Su discurso en la Plaza Independencia le permitió regodearse en el éxito de su administración frente a miles de frenteamplistas complacidos. No es para menos: el país se disfruta de una estabilidad económica y una paz social pocas veces vista y la lista de triunfos es impresionante. Está claro que no todos los méritos son del actual gobierno pero muchas de las acciones emprendidas permitieron aprovechar el viento de cola y otras van en la dirección prometida en la campaña de 2004.
Y si no que lo diga la oposición, que todavía busca dónde pegarle. Blancos y colorados intentan golpear al gobierno acusándolo de cosas terribles, como violar la Constitución, atropellar contra el Estado de Derecho y gobernar sin rumbo, pero nadie parece tomarlos en serio. Mientras crezcan las exportaciones, los salarios, el empleo y la inversión extranjera ¿a quién importa lo que diga la oposición? No es fácil convencer al ciudadano común de que la designación del fiscal de Corte puede afectar su vida cotidiana. Por no hablar de las denuncias de corrupción en los casinos municipales o de tráfico de influencias contra Gonzalo Fernández. Aunque el gobierno deje flancos débiles, la oposición debe derrotar a dos adversarios poderosos: la prosperidad del país y la memoria de los desaguisados del pasado. No le vendría mal tener presente el consejo que Demóstenes daba a los atenienses, alarmados ante la decadencia de la República: si quieren cambiar su suerte, no deberían seguir haciendo lo que hicieron hasta ahora.
Embriagado con el dulce aroma del éxito, el presidente cometió algunos errores innecesarios, tanto de forma como de fondo. En primer lugar, debió ser más conciso. En las tres horas de su discurso se mezclaron los logros mayores con los asuntos de mero trámite, en una ensalada de números y diligencias que no permitió distinguir qué era lo importante. Parecía un perito contable más que un estadista que conduce los destinos del país. Lejos de beneficiarlo, la inédita cobertura televisiva exhibió en toda su dimensión la desmesura de los fastos presidenciales.
En segundo lugar, Vázquez insistió en cobrar facturas de poco monto a la oposición, olvidando que su cargo lo coloca por encima de tales diferendos. Para referirse con ironía a la oposición están sus legisladores, quienes no enfrentan las limitaciones y exigencias de tan alta investidura. Su manera de enumerar hazañas para solaz y algarabía de la barra, puede resultar efectiva en los boliches de La Teja pero no es una conducta propia de su cargo. Con su discurso no hizo más que ratificar la sabiduría de quienes establecieron, tácitamente, la veda presidencial en actos y mitines.
Pero lo peor de todo es que el presidente Vázquez desperdició la oportunidad de entusiasmarnos en la construcción del futuro, pendiente como estaba de celebrarse a sí mismo. Un futuro que todavía es incierto, a pesar del buen desempeño del país y de su gobierno, y que deberá construirse entre oficialistas y opositores, alentados por la ecuanimidad del Presidente de la República. Exactamente lo contrario a lo que vimos y escuchamos el viernes pasado.