Soy el canciller

La imagen de Reinaldo Gargano que llenó las pantallas de los informativos de televisión el viernes pasado, enfatizando en que "yo soy el Canciller" y en que no había presentado ni le habían pedido la renuncia, fue patética. A horas de la visita del Presidente de Brasil y a pocos días de la presencia en el país del Presidente de EE.UU., no parecía creíble que la primera figura de las relaciones exteriores del país se viera en la necesidad de despejar dudas sobre su permanencia en el cargo. Pero se justificaba, porque la prensa, por todos los medios, estaba anunciando una noticia que ya tiene su antigüedad, la de su sustitución en el cargo por el actual Embajador uruguayo en Estados Unidos, Carlos Gianelli.

La relaciones entre el Presidente y el Canciller están muy deterioradas. Dice Gargano que quien conduce la política exterior del país es Vázquez. Es cierto. Pero no se conocen Presidentes que ignoren y desplacen a un Canciller de sus funciones con la mezcla de pasividad y de saña con que lo ha hecho Vázquez, ni se recuerdan Ministros que enfrenten a un Presidente con la ironía, las medias palabras y hasta el desparpajo, con que lo ha hecho Gargano. Esto justifica que la inminencia de la sustitución sea poco menos que un secreto a voces. Es que hasta desde Argentina llegan noticias que las autoridades que deben tratar con las uruguayas los problemas que afectan la relación entre los dos países, están esperando que se designe otro Ministro. Es lamentable.

El Presidente entre tanto calla y deja correr las versiones, quizá por estrategia, o porque teme que Gargano sea un mal enemigo para mantener la unidad y la mayoría parlamentaria del Frente Amplio si se instalara en el Senado. El caso Gargano puede ser el arquetipo del estilo de un gobierno que se preveía de antemano que iba a ser muy complejo a cargo de un conglomerado político de demasiada diversificación. Durante la campaña, desde esta página la dificultad se advirtió reiteradamente. Un documento de análisis político reciente que aprobara un sector del Partido Nacional menciona las dificultades, torpezas, desprolijidades, y contradicciones que se observan en el gobierno y que desconciertan a la opinión pública.

En el tratamiento de temas relevantes, las divergencias sustanciales que afloran pueden simplificarse en el enfrentamiento entre visiones ortodoxas e ideologizadas de la izquierda latinoamericana -Gargano es un ejemplo- y enfoques más pragmáticos que privilegian la eficacia de la gestión de gobierno. Esas divergencias no las resuelve el Presidente, cuyo estilo es el de delegar y cuando no le sirve el resultado, desautorizar a los delegados. Vázquez tiende a actuar como componedor de las diferencias entre los Ministros y pone por delante la unidad del Frente Amplio desplazando la atención a los intereses nacionales. No es el Presidente de todos los uruguayos, no sabe serlo, no sabe dar definiciones políticas claras sobre lo que puede actuar o hacer, la gente se maneja con acertijos. No tiene liderazgo, parece más un Jefe de Estado que de gobierno. Y el Consejo de Ministros hace terapia de grupo.

En el tema de la inserción externa del país -campo en el que debería jugar el Canciller- nadie sabe qué hará Uruguay en el Mercosur, si negociará con terceros países, qué línea se seguirá. No lo sabe ni siquiera Vázquez. Los Ministros discrepan públicamente, el Presidente toma parte del pensamiento de uno y de otro, se contradice, vive supeditado a los conflictos políticos o ideológicos del Frente Amplio.

En la política exterior, el país nunca ha estado peor colocado. Se abandonaron las políticas de Estado construidas desde 1985 que nos generaron respeto. La Cancillería se preocupa más de aproximar al país a posiciones extremas en la región en medio de una fragmentación y confrontación regional, corriendo el riesgo de aislarlo en la defensa de sus intereses.

De esto no tiene la culpa Gargano. La culpa es del Presidente y la gran interrogante es qué va a pasar. Porque o el Dr. Vázquez sale públicamente a respaldar a su Canciller y corta de cuajo con los rumores que lo debilitan, o lo sustituye.

Se ha llegado al extremo de lo insostenible. Es el crédito internacional del país lo que está en juego, que este gobierno no puede calificar de herencia maldita porque lo recibió intacto.

Ese prestigio que se construye en mucho tiempo y que se esfuma con mucha facilidad.

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