MIGUEL CARBAJAL
La ORT acaba de figurar en la lista de las 500 mejores universidades del mundo. Eso es trabajar en serio. ¿Vale la pena tanto sacrificio? La propaganda de unos de los últimos cruceros que pasó por la costa uruguaya anunciaba, entre otras ofertas, conseguir el título de una universidad extranjera, un máster, un doctorado o una licenciatura, entre el puerto de salida y el de llegada.
Hace mucho tiempo que existe cierta desconfianza respecto a ciertas acreditaciones que se obtienen en el extranjero. Se duda que sean serias, eficientes, productivas, y sobre todo utilitarias. La obsesión de Florencio Sánchez estampada en M`hijo el doctor, es un prejuicio del pasado. Ahora hay que acumular varios títulos y muchísimas iniciales para lucir un currículum medianamente tentador.
Y hay que obtenerlo antes que avancen demasiado los treinta años, si no es demasiado tarde. ¿Cómo es posible esa hazaña? Una de las formas posibles acaban de promocionarla a lo largo del penúltimo crucero. Tómese una semana y media de vacaciones, gaste una fortuna en esta nueva modalidad turística y salga con un nuevo título bajo del brazo. Es cierto, ¿pero será serio?
Cuando los aviones eran más escasos y más lentos se viajaba a Europa en barco. Las travesías eran verdaderos regalos donde se aprendía a vivir en paz, se cosechaban amigos y se llegaba descansado a destino. Hay mil formas de vender las tentaciones de un crucero actual, pero ninguna de ellas varía demasiado del panorama entre kitsch y astrakanado que se veía en El crucero del amor.
Lo único que realmente importaba era el tamaño de los daiquiris. Están las opciones verdaderamente estremecedoras de un viaje por el Nilo, por el Ganges, el Amazonas o el Danubio, pero cuando el negocio se ambientó en el Caribe fue evidente que no es el viaje lo que importa, sino el consumo.
No es el costado aventurero o el cultural lo que vale sino el gastronómico. ¡Pero hasta dónde puede alguien estirar su metabolismo para aprovechar las ventajas infinitas de "all inclusive"! Existen los cruceros temáticos, como los gay, o los corporativos como el perteneciente a banqueros que fondeó hace unos días en la bahía de Maldonado, el mismo que le negó un pasaje a Madonna.
Eso es trabajar por el medio ambiente. Pero el exclusivismo es la manera más rápida para alcanzar el tedio. Aunque se descuenta el agregado de variantes. El último invento consistirá en ambientar El gran hermano en un crucero y el que vaya perdiendo, en lugar de bajarlo en el próximo muelle, abandonarlo como comida para los tiburones.
¿Quién podría estar al frente de semejante hazaña? Jorge Rial, desde luego, un revolucionario de la ética que ha terminado de convertir en una ciénaga la televisión argentina.