En estos tiempos en que las cuestiones ecológicas y ambientales están tan de moda, es importante detenerse un momento a analizar un tipo de polución que afecta cada día más a los habitantes de la ciudad, y que suele no ser demasiado tenida en cuenta por las autoridades. Se trata de la contaminación sonora.
Según una nota que aparece en la presente edición de El País, los reclamos por ruidos molestos encabezan el ranking de las quejas vecinales que llegan a las oficinas del flamante Defensor del Vecino capitalino. Según explica el "ombudsman" montevideano, Fernando Rodríguez, los temas más complejos en la materia son los que se dan en aquellos barrios donde conviven áreas residenciales con industrias, o locales de esparcimiento nocturno.
Más allá de este tipo de contaminación sonora, existen otras formas, igual o más irritantes. Se trata de las alarmas, tanto de hogares, como de vehículos. Está bien que la "sensación térmica" de inseguridad ha llevado a que la gente tome precauciones extra en sus bienes más apreciados, pero el permanente coro de alarmas que se escuchan en la ciudad hace pensar que algo no funciona bien. Ni los robos descienden por su uso, ni su constante sonar hace pensar que sean mínimamente eficientes para disuadir a los criminales. Más bien se han convertido en una pesadilla para quienes deben convivir con su sonido, sin que los propietarios de casas y vehículos parezcan tomarlas ya en cuenta. Las autoridades municipales, siempre tan prestas para la regulación de todo, podrían tomar cartas en el asunto para exigir que las mismas cumplan un mínimo de eficiencia.
Lo mismo sucede con el nuevo azote sonoro de los montevideanos, que son las motos de reparto, los llamados "deliveries". Si bien cumplen una función muy práctica en la ciudad, el estado de la mayoría de esos vehículos, y la forma de conducir de sus propietarios, las han convertido en una amenaza para el tránsito y los oídos de los habitantes capitalinos. Ya que los comercios se benefician de este tipo de actividad, no parece mucho pedirle a los mismos que tengan la gentileza de mantener los vehículos en un mínimo estado de conservación.
Los oídos agradecidos.