Realidad y ficción: la vuelta de Adolf Hitler

JORGE ABBONDANZA

Desde su muerte en 1945, Adolf Hitler ha vuelto unas cuantas veces al primer plano de las noticias, no sólo por cuestiones de actualidad como el paradero de sus restos (los huesos fueron incinerados en Alemania Oriental, el maxilar está en Moscú) sino a través del teatro y sobre todo del cine o la televisión, donde se colocaron su bigotito el notable Bruno Ganz en La caída o el inglés Robert Carlyle en una reciente miniserie, sin ir más lejos.

Ahora el Führer está de nuevo servido en bandeja, porque el 11 de enero se estrenó en Alemania una película satírica dirigida por Dani Levy, que no sólo es judío sino además un humorista capaz de parodiar la figura del siniestro caudillo.

De hecho, esa comedia se titula Mein Führer y está protagonizada por el actor cómico Helge Schneider, que entre otras cosas muestra a Hitler metido en la bañera y jugando con barcos de guerra de juguete. El estreno desencadenó polémicas en la prensa alemana y en la opinión pública, un catálogo de reacciones que fue desde el regocijo hasta el repudio.

La acción se ubica en Berlín a fines de la guerra, cuando Goebbels aconseja a Hitler pronunciar un discurso que levante el ánimo de la población y convoca al profesor de arte dramático Adolf Grünberg para que afine el histrionismo del Führer.

La ocurrencia recuerda la preparación oratoria ante el espejo en La resistible ascensión de Arturo Ui de Bertolt Brecht, que ya satirizaba las vehemencias verbales del líder nazi.

Pero ahora ocurrió algo más con Mein Führer, porque el actor Schneider se declaró públicamente disgustado con el montaje final de la película, dijo haber sido "manipulado" por Levy en ese proceso y sostuvo que "no quiere ni oír hablar de la tontería de Hitler", lo cual ha echado más leña al fuego en medio del revuelo provocado por el film, que algunos aprovecharon para evocar la remota caricatura hitleriana que Chaplin había entregado hace 66 años en El gran dictador. Pero al margen de todo el lío, en estos días Hitler volvió a hacerse presente por motivos menos cinematográficos.

Unas 1.800 páginas de documentos confidenciales recién desclasificados por el Servicio Secreto británico, permiten saber que a fines de 1941 el doble agente Eddie Chapman ofreció al gobierno inglés viajar clandestinamente a Berlín y matar a Hitler colocando una bomba durante una ceremonia nazi.

La propuesta fue estudiada y luego descartada, pero ahora su tardía revelación ha permitido divulgar la pintoresca figura de Chapman, que había sido lanzado en paracaídas sobre Inglaterra para operar como espía alemán y sin embargo resolvió ofrecer sus servicios a Londres, cambiando de bando y proponiendo su sacrificio suicida para acabar con el Führer. La idea pudo modificar la historia mundial si Churchill lo hubiera pensado mejor.

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