Apenas conocida la muerte del periodista polaco Ryszard Kapuscinski, comenzaron a conocerse repercusiones de diversas asociaciones periodísticas y del mundo de la cultura. Todas coincidieron en resaltar sus firmes convicciones éticas para soportar las presiones de todo tipo que tuvo que padecer durante su carrera, así como un inconfundible estilo propio, basado en el involucramiento directo con los hechos y protagonistas anónimos de la historia, algo que plasmó en sus artículos y libros utilizando diversos recursos literarios. "El verdadero periodismo es intencional: se fija un objetivo e intenta provocar algún tipo de cambio. No hay otro periodismo posible", aseguraba.
El periodista polaco Ryszard Kapuscinski, que llevó la crónica al rango de género literario y a través de ella hizo visible infinidad de acontecimientos políticos en países del Tercer Mundo, falleció a los 74 años en Varsovia. Kapuscinski, que había fijado en esa ciudad su residencia hacía algunos años, no se recuperó de la intervención quirúrgica a la que había sido sometido el sábado, a raíz del cáncer que padecía.
Maestro de periodistas, Kapuscinski utilizó los recursos de la literatura para hacer periodismo, y en sus crónicas supo combinar el relato de los grandes acontecimientos -revoluciones, independencias, dictaduras, guerras- con las vidas pequeñas y cotidianas de las personas que las atraviesan.
El director de la Fundación Príncipe de Asturias, Graciano García, quien mantenía una relación de amistad con el periodista y escritor, recordó con emoción una frase suya: "para ser periodista hay que ser buena persona ante todo".
Vida nómada. Kapuscinski nació el 4 de marzo de 1932 en la ciudad de Pinsk y estudió historia y arte en la universidad. Se inició en periodismo a los 17 años. Tuvo, como recordó en más de una oportunidad, una infancia difícil que le predispuso a ese periodismo ético que impregnó su obra y que se traducía en una máxima que repetía a menudo: "No se puede escribir de alguien con quien no has compartido como mínimo algún momento de su vida". Esa preocupación por los más desfavorecidos fue lo que le valió, entre otros, el Premio Príncipe de Asturias de Comunicación y Humanidades en 2003.
Entre 1959 y 1981 trabajó en la agencia de noticias polaca PAP. Viajero infatigable, en ese tiempo fue testigo de infinidad de acontecimientos en Africa, Asia y América latina: presenció 27 revoluciones, vivió 12 frentes de guerra y fue condenado cuatro veces a ser fusilado. Cubrió los procesos de descolonización en países africanos, la caída del régimen democrático chileno en 1971 y la revolución iraní. A partir de los años 80 comenzó a colaborar con diarios y revistas internacionales, como The New York Times y Frankfurter Allgemeine Zeitung. En ellas y en sus libros desarrolló el género de la gran crónica combinada con todos los recursos de la literatura. Pero siempre con una profunda y responsable base informativa: "Para escribir una página se han de haber leído cien", solía aconsejar.
Aunque la calidad literaria de sus artículos fue reconocida, su innovación se centró en la mirada con que encaraba sus historias. El maestro, como lo llamó García Márquez, practicaba un periodismo que incluía la vida cotidiana de aquellos cuyas vidas debía contar: aprendía su lengua, se instalaba entre ellos e intentaba entender sus experiencias para relatarlas con fidelidad. En sus últimos años, se dedicó a reflexionar sobre el ejercicio del periodismo. Publicó "Los cínicos no sirven para este oficio" (2000) y "Los cinco sentidos del periodista" (2003), y dictó seminarios como docente de la Fundación Nuevo Periodismo Iberoamericano (En base a agencias).
Algunas de sus frases
"No se puede escribir de alguien con quien no has compartido como mínimo algún momento de su vida".
"Para escribir una página se han de haber leído cien".
"La gente cree más en la verdad de la pantalla del televisor que en la realidad, lo que facilita la manipulación de las conciencias, por la fuerza que tiene la imagen".
"No sabemos adónde nos llevará esto, porque es un fenómeno muy nuevo. La verdad es que creo que será muy difícil vivir en el siglo XXI".
"No estamos ante una guerra de religiones, sino económica. Se trata de un conflicto de intereses, natural en un mundo tan complicado y diferenciado como el nuestro".
"Tenemos muchas informaciones muy cortas, desvinculadas, muy privadas de contexto, y que no llevan ninguna explicación, ningún trasfondo, que no nos permiten entender lo que pasa"