JORGE SAVIA
Así como el genial Horacio Arturo Ferrer escribió en "Balada para un loco" que "las callecitas de Buenos Aires tienen ese qué sé yo", podría decirse que algo similar pasa con los clásicos de verano.
Sí, claro, ¿cómo no va a importar el resultado, si en Nacional un triunfo sería una señal "cabulera" de que Carreño podría ser un talismán capaz de contrarrestar los efectos de la mística ganadora de Gregorio, mientras que en Peñarol una victoria empezaría a cimentar la estructura de una eventual hegemonía sobre el tradicional adversario?
Sin embargo, por un lado, está el valor agregado de ver el debut de un lateral de selección como Gonzalo Lemes y, quizá por un rato, constatar si Peñarol retoma la huella de la legendaria fórmula ganadora de Acosta-Silva y Bossio-Saralegui en caso que Mozzo ingrese a jugar junto a Arévalo Ríos en la segunda etapa; mientras que por el otro, la aparición de Da Rosa, Alvarez, Oyarbide, tal vez Fornaroli y Cauteruccio, levanta una brisa fresca que no solo podría refrendar aquello de que el club del Parque Central ha sido uno de los que más y mejor apostó al semillero en los últimos años, sino que hasta podría llevar a sus hinchas más veteranos a soñar con la reencarnación de una revolución como la que a mediados de los 50 promovió Ondino Viera con aquella delantera de Héctor Núñez, Raúl Núñez, Julio Acosta, "Ciengramos" Rodríguez y Escalada.
Suena un poco a "Balada para un loco". Pero en un clásico de verano, aunque pese, a veces hay más cosas para ver que la apasionada importancia del resultado.