Para abastecer las fábricas de chismes

JORGE ABBONDANZA

Era previsible. La cultura contemporánea sigue dando sus frutos, a menudo pertenecientes a un comadreo empeñado en saber cómo es el hijo de Tom Cruise o qué novio consiguió Jennifer Aniston. Pero el más pintoresco de todos esos brotes es la nueva categoría de gente que no hace nada y sin embargo resulta elevada a un nivel estelar dentro del conventillo de la farándula. En estos días, la rubia Paris Hilton reapareció y fue captada por las cámaras en su importante tarea de charlar con Britney Spears, de quien parece ser amiga. Esa ocupación verbal retuvo al camarógrafo y fue divulgada como un hecho destacado por canales de alcance internacional, consagrando así la estampa de Hilton, cuya función en esta vida consiste en no hacer nada, excepto heredar la fortuna de una gran cadena de hoteles.

La heredera no está sola en ese vacío dorado. El periodismo español (el del terreno del corazón, claro), se especializa como ningún otro en registrar los vaivenes de gente desocupada que no desempeña ninguna actividad artística o profesional pero que sin embargo tiene la ventaja de ser hija, hermana, esposa, sobrina o nuera de alguna celebridad, parentesco suficiente para arrancarla del anonimato que le correspondería y ser perseguida, vigilada, interrogada o acosada por cronistas, micrófonos y movileros. La consecuencia de esos operativos, y de las fortunas que se pagan por una nota exclusiva en alguna revista, es el reinado de una nueva estirpe de luminarias, las que no existen y sin embargo allí están, desairando con su silencio o con una frase despectiva a los sacrificados servidores de la comunicación masiva.

A ese linaje pertenecen Rocío Carrasco (hija huérfana de la Jurado), María José Campanario (mujer del torero Jesulín de Ubrique) o Carmen Martínez Bordiu (nieta del caudillo Franco), pero además el novio actual de Isabel Pantoja (un veterano encarcelado bajo cargos de estafa), o la hija de Paco Marsó, que también está entre rejas como supuesta cómplice del robo a un banco y cuya única vecindad con la fama consiste en ser hijastra de la actriz Concha Velasco. El folklore de esa notoriedad oblicua, ha ido extendiéndose a otras comarcas, porque en la Argentina ocurrió lo mismo con la hija de Menem cuando la familia estaba en la cúspide del poder y sucede todavía con las hijas de Maradona, sin ir más lejos. En todo caso, el fenómeno es reflejo de la colosal trivialidad que sigue inundando los medios, como otro diluvio universal en el que algunos navegan provechosamente. Lo notable es la docilidad con que un público consumidor se ha acostumbrado a devorar ese material, detrás de cuya fachada no parece haber nada, excepto el afán de las corujas y los cholulos que funcionan como abastecedores de esa apoteosis del chisme.

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