Borges: vida y literatura

RUBEN LOZA AGUERREBERE

Jorge Luis Borges, como los dioses griegos, parecía inmortal. Nació en Buenos Aires, el 24 de agosto de 1899. Y se fue de este mundo, en Ginebra, el 14 de junio de 1986.

Y bien, ahora, mientras escribo, mi memoria recupera su rostro de líneas nobles, sus agotados ojos mirando a lo lejos y una sonrisa dibujada en los labios, y las manos apoyadas eternamente en el bastón.

Es una de esas imágenes a las que los años, aún ajándolas, les añaden encanto, porque les suman hondura, sabiduría y verdad. La última vez que lo ví, en su casa en la calle Maipú, a manera de despedida, alzando un brazo en mangas de camisa, me dijo: "Saludos a Montevideo, y a la calle Buenos Aires".

El especialista en Borges, Alejandro Vaccaro (nacido en Buenos Aires en 1951) se abocó, desde hace más de veinte años, al estudio de la vida y de la obra borgeana. Y el resultado es impresionante: acaba de publicar una obra de dimensiones colosales. Me refiero al hecho de que este ilustre ensayista e investigador ha escrito un largo recorrido por la vida y la obra del celebrado escritor en un libro vasto, caudaloso (enriquecido con fotografías) titulado sencillamente: "Borges" (Edhasa/Océano).

Acaso esta obra sirva para medir la trascendencia del maestro de las letras argentinas, ganador del Premio Cervantes, y muchos otros, un eterno candidato al Nobel, sin haberlo obtenido jamás.

Borges fue, desde niño, un apasionado por las letras. Cuando contaba con siete años escribió un libro; a los dieciocho comenzó a escribir poesía. Y, a finales del año 1938, concibió su primer cuento, "Pierre Menard, autor del Quijote".

Desde entonces, frecuentó este género en el que alcanzó una vasta resonancia internacional, no menor a la que alcanzara en la poesía y en el ensayo. Su estilo, único y renovador, se proyecta en el tiempo.

La dilatada obra de Borges es una honda exploración en torno de sí mismo. Un eterno retorno a sus mundos imaginarios, donde confraternizaron los compadritos esquineros, las milongas, la filosofía, los laberintos, los tigres y los espejos, con una notable sabiduría sobre la literatura, la de ayer y la de hoy, y prácticamente en cualquier lengua.

Borges daba la sensación de haberlo leído todo.

Fue un esclavo de las palabras y de las imágenes que ellas agregan al mundo y logró cristalizar en palabras la realidad, sin que ésta se viera menguada.

En la obra de Jorge Luis Borges todo parece confabulado como para evidenciar que los sueños pueden convertirse en realidad.

Demostró, con sus cuentos memorables, que la imaginación y lo fantástico constituían una puerta abierta a la fantasía, y también que la ficción no tiene por qué estar ajena a la filosofía.

Asimismo, nos enseñó que la ambigüedad multiplica los significados de la escritura.

Como se sabe, por elección, murió lejos de su tierra. Se fue a Ginebra como lo había dicho mucho antes. Y allá descansa en paz. Se fue casi en puntas de pie y cumplidas fueron sus palabras: "Sé que volveré siempre a Ginebra, quizá después de la muerte del cuerpo".

Borges fue enteramente fiel a su vocación; y nos corresponde a nosotros no dilapidar su riquísimo legado.

Este libro mayor de Alejandro Vaccaro, es, a la postre, un esclarecedor acicate para ello. Nos ayuda a comprender mejor a un autor, que, como diría el Nobel Elías Canetti, urdió con palabras las aventuras olvidadas de Dios.

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