El Parlamento canadiense aprobó por 266 votos contra 16 una moción presentada por el primer ministro, que concede a la provincia de Quebec la categoría de "nación dentro de un Canadá unido". Algunos observadores expresaron dentro de ese país su inquietud ante la noticia, porque el nuevo rango de Quebec podría "precipitar nuevas acciones de la provincia para alcanzar su histórica meta de independizarse". De hecho, Quebec goza de un margen de autonomía dentro de la federación canadiense desde 1867, y a eso deben agregarse razones culturales por la configuración étnica de la población local y también por la francofonía, dos motivos que han dado un perfil aparte a los quebequenses frente al resto de Canadá, donde la lengua dominante ha sido históricamente el inglés.
El estatuto de nación podrá robustecer en adelante la ola de nacionalismo, y de hecho en Quebec ya se ha anunciado que en unos meses las organizaciones separatistas convocarán a un referéndum para que la población proclame su voluntad de permanecer dentro de Canadá o apartarse de él. Ya hubo otras consultas similares en Quebec, como la de 1980 y la de 1995, aunque en ambas (y por escaso margen) el electorado se inclinó por mantener la integridad canadiense. Parece difícil pronosticar lo que ocurriría en un nuevo referéndum, aunque los ánimos en Quebec están alborotados desde la votación parlamentaria. Un líder regional consideró que "si bien Quebec es por el momento una nación dentro de Canadá, se convertirá en un país soberano en un futuro próximo".
Sensatamente manejado por el Reino Unido, el Canadá del pasado fue uno de los Dominios más influyentes dentro del Imperio británico. Ingresó como país independiente a la Commonwealth en 1926, tiene una nueva Constitución que robustece su perfil autónomo y hasta adoptó una bandera (la roja y blanca con una hoja de arce en el centro) para afianzar su identidad frente a la Union Jack inglesa. Pero ha mantenido su lazo tradicional con la corona británica, cuya titular sigue siendo la monarca y jefa del Estado en Canadá, aunque el trámite interno entre Quebec y el resto del país no siempre ha sido muy armónico. Esa provincia ha defendido tenazmente su herencia y su lengua, que tienen raíz francesa, sobre todo a partir de una visita de De Gaulle, y ahora ha recibido del Parlamento "una decisión más que nada simbólica, sin consecuencias legales", aunque con fuerte connotación cultural.
La tendencia separatista ha crecido últimamente en ciertas regiones que forman parte de países con variada configuración interna. Eso ocurre por ejemplo en las provincias vascas o en Cataluña, dos zonas de España que reclaman una mayor diferenciación con Madrid y la obtienen por el momento en dosis discretas, desde la concesión del término "nación" a Cataluña, aunque siempre dentro del seno español, hasta el proceso de pacificación de la región vasca a través de las negociaciones gubernamentales con ETA, que podrían abrir la puerta a un plebiscito en Euskadi para resolver su futuro, dentro o fuera de España. La perspectiva satisface a algunos pero alarma a otros, aunque esa inclinación emancipadora va más allá de los casos señalados.
Porque también Escocia aspira a separarse del Reino Unido, del que forma parte desde el siglo XVII, y al efecto se han hecho tanteos de opinión que darían una leve mayoría a favor de esa secesión. Los escoceses han mantenido un vigoroso carácter nacional a pesar de la unión con Inglaterra y como reflejo de los períodos de hostilidad que hubo entre esos dos países inseparablemente ligados por motivos geográficos, ya que comparten la gran isla. Impulsos similares de otras latitudes pueden ubicarse en un pasado nada remoto, desde el caso de los armenios alzándose contra el dominio otomano (y sufriendo en 1915 el peor genocidio de su historia) para obtener luego un territorio en el Cáucaso, que sin embargo fue tragado durante siete décadas por la Unión Soviética.
Algo parecido sucede ahora con los kurdos, esa nación desprovista de tierra propia y repartida entre Irak, Irán y Turquía por culpa de las antojadizas fronteras trazadas en el área por potencias europeas, más preocupadas de sus intereses petrolíferos que de las realidades, derechos y necesidades de cada nación. Los ocho años de guerra entre Irán e Irak durante la década del 80 ya desencadenaron conflictos en Kurdistán, que se agudizaron por la brutalidad con que el régimen iraquí de Saddam Hussein sofocó luego los alzamientos kurdos. La nueva guerra de Irak ha mantenido a un costado los reclamos de ese pueblo montañés, que sigue siendo una de las deudas pendientes de la comunidad internacional.