Caminando de espaldas

El mundo hoy está "afluente", como decía Keneth Galbraith con relación a la sociedad de consumo. Hay más demanda, más crecimiento, más precio de materias primas y alimentos; hay mucho dinero para invertir y los intereses son bajos. China sigue creciendo, Europa continúa su marcha, los EE.UU. - pese a sus despilfarros militares- hace lo propio. La consecuencia, para nuestra América Latina, es que todos los países, con gobiernos buenos, regulares o malos, más de centro o más de izquierda, están creciendo. Y esos gobiernos, invariablemente, exhiben con orgullo esos resultados, que -como es evidente- no son su particular mérito sino el resultado de un momento económico mundial que, como ha dicho Enrique Iglesias, es el mejor del último siglo.

La pregunta entonces, para cualquier país de América Latina y en concreto para el Uruguay, es la siguiente: ¿estamos aprovechando esa "afluencia"? ¿estamos preparándonos para el momento en que esta tendencia espectacular amaine? ¿estamos haciendo la inversión en energía, en infraestructura de comunicaciones, en educación, en promoción de inversiones, de modo suficiente y necesario para que nuestro actual crecimiento pase a ser la base de un desarrollo sostenible?

Desgraciadamente, no es así. Se actúa sin visión de futuro, o bien repitiendo -en el mejor de los casos- lo que venía de atrás o impulsando cambios que nos alejan de la prosperidad que ya es presente para vastas zonas del mundo. No hay que indagar demasiado en la teoría, cuando la experiencia es clara. Hay países que salieron del subdesarrollo, como Corea o Irlanda, o antes nuestra madre patria española. Y hay otros que están en ese camino, como nuestro cercano Chile. En todos estos casos, la ruta fue la misma: apertura de la economía, estabilidad política, seguridad jurídica, promoción de inversiones, mayores oportunidades para el capital privado, todo ello, naturalmente, en un marco de tranquilidad social. Desgraciadamente, aquí y ahora, parecería que estamos en la dirección exactamente contraria:

1) Hemos renunciado a un tratado de libre comercio con los EE.UU., como el que tiene Chile, explicado y defendido con claridad por la Presidente Bachelet en su reciente visita al país. La consecuencia inmediata es que ya está en crisis la industria del tejido y de las confecciones, que venía respirando con balones de oxígeno a la espera de ese salvavidas que se ha alejado, a raíz de la puja interna del Frente Amplio. Lo más grave es que las posibles inversiones pensadas para el mercado mundial, por aquí no pasarán.

2) Si el mundo no es nuestro destino, ¿lo es este Mercosur? El propio Ministro Astori ha sido rotundo en el Senado de la República en demostrar cómo está trabado el comercio, no se avanza en la coordinación macro-económica y Argentina y Brasil actúan solos, en una línea que no es de apertura. ¿Quién va a invertir en Uruguay pensando en un Mercosur donde ni los puentes están abiertos para transitar?

3) Le pagamos al Fondo Monetario nuestra deuda, con dinero que obtenemos colocando en el mercado bonos uruguayos con intereses más elevados. Es claramente una operación publicitaria del Ministro-candidato Astori. O sea que ni reducimos la deuda ni ahorramos intereses. Para completarla, sus críticos internos del Frente Amplio - el Pit-Cnt por ejemplo- dicen que debía emplear ese dinero en destinos sociales, como si ese dinero estuviera en algún lado, como si aquí se estuviera rebajando deuda y no, apenas, cambiando de acreedor.

3) Se han alentado las ocupaciones de establecimientos comerciales o industriales, asunto incomprensible para el mundo civilizado. Mientras tanto, se retorna al perimido discurso de la "lucha de clases".

4) Se intenta una reforma tributaria que quita la única ventaja diferencial que ofrecíamos (no tener impuesto a la renta personal), mientras grava al que más gana y no al que más tiene. En una palabra, es un desestímulo al trabajo. Los países grandes desarrollaron este impuesto, donde existen capitales y como consecuencia renta, y hoy todos lo están reduciendo. Ellos retornan, nosotros vamos. Y terminamos gravando sueldos y jubilaciones.

5) En materia de energía, no ofrecemos condiciones para desarrollar emprendimientos importantes. Compramos dos plantas pequeñas y antieconómicas, promovemos energías alternativas interesantes pero más caras, y seguimos con el riesgo energético encima. ¿Alguien imagina una nueva acería, por ejemplo, en un país con poca energía? Han pasado casi dos años, y el gobierno sigue pensando. Cuando se decida, seguramente será tarde.

6) Con un tipo de cambio bajísimo, es notorio que las exportaciones están perdiendo velozmente competitividad. Frente a esto, el planteo es reducir los reintegros a las exportaciones. Si nuestro destino es salir hacia fuera, parecería que estamos en la dirección contraria.

7) La educación, materia prima del futuro, es donde realmente estamos peor de orientación. El programa es dedicarnos a las heridas del pasado, para que los muchachos hereden los desencuentros de la generación anterior, y cambiar todo lo que se pueda de la reforma educativa de 1996. Hoy están en cuestión los centros del interior de formación docente. La enseñanza de idiomas navega sin rumbo, cuando más se necesita el inglés y por lo menos la comprensión de una tercera lengua. La informática es despreciada y si bien los hijos de familias pudientes, con computadora en casa, se las arreglarán, los otros quedarán rezagados para siempre. El famoso debate educativo es una puja de poder: quién nombra, quién asciende, quién designa, con las agremiaciones en la vanguardia. Sobre el método para mejorar la educación en matemáticas o ciencias, de eso, no habla nadie.

Aquí nos detenemos. Parecería que, como decía Paul Valery, queremos entrar al nuevo siglo caminando hacia atrás. Marchando de espaldas a las buenas experiencias del hoy, cuando los vientos cambien allí nos quedaremos, solitos y antiguos, pequeños y olvidados.

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