JOSÉ MASTANDREA
El brasileño Bruno de Oliveira paralizó el corazón de los diez mil hinchas aurinegros que estaban en el estadio Centenario.
El reloj de la Amsterdam marcaba ya dos minutos de descuento pero el tiro del jugador palermitano terminó rechazado por el arquero aurinegro. Juan Castillo salió, lo ahogó y estirado tapó lo que pudo haber sido el empate de Central Español.
A esa altura, Peñarol (ya sin Paolo Montero que en el entretiempo se quedó en el vestuario) estaba contra las cuerdas.
Los últimos minutos fueron para el infarto. Porque Central volvió a demostrar que se siente como pez en el agua cada vez que le juegan abierto y porque Peñarol volvió a mostrar que le cuesta una enormidad mantener la victoria.
Con ese panorama, la presión en las tribunas se trasladó a la cancha. Los hinchas aurinegros sufrieron como locos.
Había que verlos. Mirando el reloj cada dos segundos, cruzando los dedos cuando Central atacaba, tapándose los ojos cuando la pelota cruzaba el área sin que nadie la rechazara.
Esa jugada del final de Bruno de Oliveira y el tiro en el palo de Adauto, fueron las que hicieron que varios miles de corazones empezaran a tener taquicardia.
El reclamo en la hora, la polémica por la supuesta falta de Diego Rodríguez sobre De Oliveira, ambientaron ahogos y suspiros.
Ganó Peñarol, es cierto. Pero con el agua al cuello. Sufriendo, mirando la hora, con más angustia que alivio.
Los cardiólogos agradecidos. Jugando así, Peñarol les va a mandar unos cuantos pacientes cada semana.