Gracias, Pedro

MARCELLO FIGUEREDO

Hay que agradecerle a Pedro Bordaberry la enorme facilidad que tiene para sacarnos de toda duda.

De no haber mediado el show familiar que encabezó el viernes por la tarde, con el país conmovido por el procesamiento con prisión de Juan Carlos Blanco y de su padre, no sé qué sentimientos hubieran primado en los demócratas que, como quien esto suscribe, estamos en las antípodas políticas y filosóficas del ex dictador Juan María Bordaberry, pero vemos con enorme disgusto cómo la elevada sed de justicia, inherente a la condición humana, es muchas veces opacada por las bajezas que tampoco le son ajenas.

Según ese punto de vista -que me atrevo a suponer es el de muchos- la buena noticia de un fallo judicial independiente, que pone tras las rejas a dos enemigos de la libertad, estaba siendo empañada, a lo largo del viernes, por el disgusto que nos provocan el circo de los que se llenan la boca hablando de justicia pero sólo desean revancha, la violencia de los energúmenos que se hacen los guapos a las puertas de Cárcel Central, el oportunismo de los politiquillos que se suben al carro pensando en las próximas elecciones y el patetismo de los que montan tinglados anacrónicos so pretexto de alumbrar el futuro, cuando lo único que hacen es repetir las cantarolas del pasado.

Pero entonces apareció él, Pedro, invocando a Dios y a la Familia como escudo de toda conducta, con la palabra "terroristas" en la punta de la lengua y una claque consanguínea a sus espaldas (niños incluidos), y todo atisbo de duda o de piedad se evaporó como por arte de magia.

Pedro Bordaberry no ha entendido, todavía, que invocar el estado de Derecho es un gesto absolutamente incompatible con la defensa de aquel que lo mandó guardar en un cajón. No ha entendido, o no ha querido entender, que cuando Juan María Bordaberry clausuró el Parlamento, en el invierno de 1973, los terroristas ya las estaban pasando negras en los cuarteles hacía unos cuantos meses. No ha entendido, o no ha querido entender, que los cuatro uruguayos primero secuestrados y luego asesinados en Buenos Aires, en mayo de 1976, no estaban cometiendo acto terrorista alguno. No ha entendido, o no ha querido entender, que tampoco había terroristas entre los compatriotas que quisieron despedir a Héctor Gutiérrez Ruiz cubriendo su féretro con la bandera nacional y fueron reprimidos por las fuerzas policiales que entraban a caballo a los cementerios cuando su padre era presidente de la República (y los opositores no disponían de los informativos de televisión para expresar sus puntos de vista). No ha entendido, o no ha querido entender, que no hay peor terrorista que el que se vale del poder del Estado y, con sus armas, se vuelca contra sus ciudadanos indefensos.

El viernes hemos visto que tampoco ha entendido otra cosa: haciendo sonar bocinas y batiendo palmas en la rambla de Punta Carretas no es la mejor forma en que una familia tan creyente y trabajadora como la suya puede contribuir a la paz y la tolerancia entre los uruguayos. Al contrario, reproducir los odios rancios del ayer no hace otra cosa que envenenarnos más el mañana.

Por suerte, aunque nos sintamos algo solos en este momento histórico, vuelve a quedarnos clarísimo de qué tablados conviene mantenerse alejados.

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