RICARDO REILLY SALAVERRI
El sentido de compañerismo demostrado es entrañable. Y ejemplar. Quedó expresado en la unanimidad retórica y la posición asumida en la Cámara de Diputados por la bancada frentista: "¿Cómo no vamos a acompañar al proyecto del compañero Astori?", se preguntaban en dulce coro los oradores de la entente gobernante.
Mientras tanto por allí andaba la factura dando vueltas y aireándose, en un proyecto tributario en el que como cuando se hacen chorizos en campaña no hubo grupo, ni grupúsculo del oficialismo que no metiese mano en la brutal decisión de castigar los ingresos de los uruguayos para alimentar al Estado y la burocracia y condenar al paredón a la clase media.
Y ¡vamos a entendernos!, este no es el "proyecto Astori", este es el proyecto tributario, que será ley y que llevará el nombre del Presidente Vázquez -será la reforma Vázquez- cuando le ponga la firma y es la expresión de todos los núcleos que integran el conglomerado de gobierno. Sensatos e insensatos, radicales y moderados, seudorruralista y ciudadanos, políticos y gremialistas y sindicalistas, compañeras y compañeros, tertulias y comités de base, en fin, el engendro es la expresión cabal del alma y la desordenada idea de quienes tienen en sus manos la administración del destino nacional.
Esta -uruguayas y uruguayos-, en definitiva, es la reforma tributaria del gobierno Vázquez y de todo el Frente Amplio (progresista, pasista, etc.). Y ésta, junto con el desastre de la no política internacional, la inseguridad pública y el caos laboral, es el cambio tangible que puede sentir la república.
Lo primero a destacar y su-brayar -lo que en sí mismo implica una contundente definición- es que el título de la reforma tributaria es una mentira colosal : "impuesto a la renta de las personas físicas". De impuesto a la renta no tiene nada desde el momento en que arrancando por jubilados y pensionistas, siguiendo por empleados públicos y privados y profesionales universitarios hasta llegar a todas las demás especies de futuros succionados por el nuevo Drácula, lo que se gravan son los ingresos y no se admiten deducciones. Por lo que en el improvisado proyecto sobre el que no había antes de las elecciones ninguna idea concreta, respecto del que se recibían propuestas por internet y al que a último momento en el parlamento, en el colmo de la irresponsabilidad, se le agregaron decenas de nuevos conceptos, lo que se ha planteado es un impuesto a los ingresos. Fundamentalmente a los de la clase media.
Increíblemente -además- la única medida de cambio estructural real que este gobierno ha de llevar realizada hasta la fecha, le tomó dos años desde que ganó las elecciones el frenteamplismo. Lo que revela la falta absoluta de programa de gobierno y explica el pánico que le ganaba ante la posibilidad de cualquier debate televisivo al respecto.
Si un solo país en el mundo llama a un engendro de esta naturaleza impuesto a la renta -renta es la diferencia entre los ingresos que percibo y lo que gasto para generarlos- está desafiado el oficialismo a hacerlo público. Caso contrario, cabe concluir en que además de practicar la improvisación, esta administración busca esconder sus actos atrás de la mentira. O sea que lo primero ahora debe ser denominar bien al futuro bebé y como corresponde: Proyecto de Ley de Impuesto a los Ingresos Brutos de la Ciudadanía.