JAIME FUENTES | PROFESOR DE LA UNIVERSIDAD DE MONTEVIDEO
20 de octubre de 1956. Llega a Montevideo el "Cabo de Hornos", viejo buque de la compañía Ybarra que, de tanto cruzar el Atlántico, hace de memoria la travesía desde la península ibérica. Los emigrantes descienden en el muelle con el alma dolorida: los quince días de viaje han abierto en sus corazones un corte de morriña que nunca cicatrizará.
Dos hombres jóvenes desentonan por completo en ese cuadro. Desde que en la mañana de aquel 20 de octubre de hace cincuenta años empezaron a distinguir en la lejanía el contorno de la costa uruguaya, la alegría con la que se embarcaron en Cádiz se animó casi hasta el entusiasmo. Los dos lo expresan a su modo, según su carácter: Agustín, 26 años, aragonés, más bien reservado, sonríe divertido por las ocurrencias de Gonzalo, extremeño, dos años mayor que él, que de todo se admira y de todo disfruta.
-¡Agustín, Uruguay nos espera!
Tiene razón. A su debido tiempo, cuando conozcan lo que traen para ellos, se contarán por miles los uruguayos que, sin saberlo hoy, llevan años esperándolos.
Los dos protagonistas de esta historia no han venido a Uruguay como emigrantes, sino a cumplir una misión que les llena la vida. Agustín Falceto es químico de profesión por la Universidad de Zaragoza. Gonzalo, médico oftalmólogo por la de Sevilla. Y los dos, con un año de diferencia, han sido ordenados sacerdotes.
La verdad es que no habían pensado nunca en este país. Sus referencias eran poco más que el Mundial de fútbol del 50 y un disuasivo charleston, entonces de moda, cuyo estribillo rezaba así: "Al Uruguay, guay, yo no voy, voy, porque temo naufragar". No obstante, cuando san Josemaría Escrivá le preguntó a Agustín, en Roma, si le gustaría empezar en nuestro país la labor apostólica del Opus Dei, inmediatamente respondió que sí. Al recibir Gonzalo la misma invitación, mientras se preparaba en Madrid para ordenarse sacerdote, solamente se le ocurrió preguntar:
-¿Y voy a ir solo?
-No (lo tranquilizaron), irá contigo un sacerdote mayor (porque se había ordenado un año antes).
Y aquí están los dos. Dentro de unos días irán a presentarse al arzobispo de Montevideo, monseñor Antonio María Barbieri, quien al verlos tan jóvenes los recibirá con afecto paternal y les dará un consejo que se demostrará acertado:
-Mis queridos padres... Ustedes vienen a Uruguay para difundir el espíritu del Opus Dei. Sé que empezarán a trabajar con jóvenes, y me parece muy bien: ellos son los que mejor entenderán que la santidad no es para privilegiados, como dice el fundador. Bien, gánense el corazón de esos jóvenes y obtendrán frutos.
Los dos sacerdotes siguieron el consejo del arzobispo, según el estilo que habían aprendido de san Josemaría: "poniendo el corazón en el suelo, para que los demás pisen blando".
En el apartamento de Bulevar Artigas y Canelones que les habían alquilado como vivienda y futura sede de una residencia para estudiantes del interior, encontraron un par de camas turcas, un escritorio, un aparador y los imprescindibles utensilios de cocina. Recorren la casa vacía... Agustín señala una directriz muy práctica:
-Vamos a empapar de oraciones las paredes; así, cuando vengan los chicos, se les pegarán.
Los chicos tardaron en llegar y, más aún, en quedarse. Lo digo por experiencia personal. Fui uno de los tantos muchachos que a los dieciséis años conoció aquella casa y escuchó a los dos sacerdotes explicar diáfanamente el espíritu del Opus Dei -santificar el trabajo, santificarse en el trabajo, santificar con el trabajo- pero, por vulgar y silvestre pereza, prefirió no enterarse...
Ellos perseveraron en la siembra, animados por san Josemaría, quien además de rezar mucho por esta tierra nuestra, les aseguraba que los frutos llegarían más abundantes y mejores de lo que pudieran soñar.
El 26 de junio de 1975, al darme un abrazo y comunicarme que el fundador del Opus Dei se había ido al cielo, el P. Agustín me dijo algo que repitió a cada uno de los que, entristecidos, lloraban a san Josemaría:
-Ahora, ¡más fieles que nunca!
Era todo un programa que, a la vuelta de los cincuenta años transcurridos desde que los dos jóvenes sacerdotes pisaron tierra uruguaya, está acrisolado.
Su expresión más genuina, quizás, es que ellos nunca han pretendido dejar su huella personal en lo que han hecho y en los amigos -miles- que han tratado. Han puesto el corazón en la gente, tratando de ayudarles a ser mejores, a vivir más cerca de Dios y abriéndoles horizontes desconocidos de servicio a los demás. En otras palabras, han transmitido el espíritu de san Josemaría sin diluirlo lo más mínimo y a pesar de no pocas dificultades disimuladas, como el fundador, con una sonrisa.
Por lo demás, la herencia de san Josemaría incluye, según sus palabras, "una enfermedad contagiosa, progresiva e incurable" que es el trabajo: no se sabe estar sin hacer nada. También fieles en esto, aquellos dos jóvenes que nunca habían pensado en venir al Uruguay, siguen trabajando en Montevideo: el P. Agustín sobreponiéndose a limitaciones físicas, para poder recibir confesiones y llevar el consuelo de la Eucaristía a los enfermos. El P. Gonzalo, Rector del santuario de Tres Cruces, tratando de terminarlo en estos días.