Nadie más especialista que la izquierda en imponer términos para definir a determinadas situaciones políticas. Antes fue construir otro modelo de país, acabar con el neoliberalismo, defender la sobera-nía con las empresas públicas o la consagrada verdad y justi- cia. Reconocer su perseveran- cia en simplificar el debate público a través de estas frases se torna obligado. Ultimamente esta práctica maniquea se ha reconvertido dirigiendo sus baterías hacia el mismo objetivo que no es otro que la división lisa y llana de la sociedad, un nuevo intento de hacer a los que piensan como ellos buenas personas y a los que no, sujetos despreciables. Ahora buscan descalificar a los partidos de oposición con el mote de que "se oponen a todo"; ya que en reiterados reportajes ministros, jerarcas y legisladores oficialistas justifican su accionar muchas veces fuera de los carriles establecidos en la Constitución Nacional o en contradicción directa de lo dicho hace unos meses, sin detenerse un segundo en analizar los argumentos por los cuales son denunciados, al amparo de la lógica de que si viene la crítica desde algún medio de prensa independiente o algún dirigente no frentista, tiene en su génesis malas intenciones.
Así hemos sufrido en este casi tercio de mandato progresista, donde la impericia de varios de sus gobernantes, sumada al patético doble discurso, deja a diario una estela de situaciones que por lo preocupante deben ser criticadas.
Cómo no vamos a criticar al gobierno en el manejo del conflicto con Argentina, donde por acciones y omisiones llegamos a este punto de difícil retorno; có-mo no vamos a criticar el accionar del Ministerio del Interior, que define como de sensación térmica la lamentable y cotidiana inseguridad instalada en todo el territorio nacional; cómo no vamos a criticar a su Ministro, de cuyo puño y letra es la ley de liberación de delincuentes y el mantenimiento de la Jefa de Policía de Maldonado; cómo no vamos a criticar la contradictoria posición internacional reflejada en el exterior, amagando para generar un tratado de libre comercio con Estados Unidos para después claudicar ante los embates de la izquierda radical. O acaso alguien puede pensar que ante la ordinaria violación de la Constitución que significa nombrar al Fiscal de Corte sin venia del Senado, nuestro Partido Nacional se quedaría callado, o que aplaudiríamos el aumento del insumo de mayor incidencia en la producción nacional como es el gasoil, la multiplicación de las ocupaciones con anuencia oficial o la instauración de un nuevo impuesto a la renta personal con una rebaja del IVA invisible.
De algo estamos seguros, los nueve mil votos que le dieron al gobierno la mayoría absoluta en el manejo de las cuestiones nacionales, no son una patente de corso para que se desprecie a la otra mitad de compatriotas, y mucho menos para que se antepongan a un estado de derecho que permitió entre otras cosas que todos los actuales gobernantes hayan tenido en el transcurso de sus vidas motivos más que suficientes como para sentirse orgullosos de ser uruguayos.
El arte de gobernar se adquiere con los años. Imaginábamos que el empeño utilizado para alcanzar el poder se traduciría en una irrefrenable acción de gobierno. Nos equivocamos, y por ello es que criticamos su falta de preparación, sus permanentes contradicciones, su falta de rumbo, y su falta de diálogo.
Que quede claro.
SEBASTIAN DA SILVA