"No sé qué hacer para que me haga caso"

A pesar de que mediante gritos y amenazas se logra que la gente se mueva y haga lo que se le pide, el resultado final es negativo para el agresor, para el agredido y para la relación que mantienen.

Esto lo sabemos todos, pero actuamos como si creyéramos que es al revés. Y es comprensible. Asumimos que la vida no se puede vivir con éxito si no se va a la carrera, y las carreras exigen respuestas inmediatas.

Nuestros hijos son algunas de las víctimas de este vértigo. También las parejas, los empleados, los estudiantes. Todos, afectados por la búsqueda de respuestas inmediatas y acertadas. Nada tan contrario a lo que un buen educador debe hacer. Mejor dicho, a lo que cualquier persona que desee respetar a la otra debe integrar como actitud en sus demandas.

Vociferar, intimidar, exigir con apremio sí producen frecuentemente resultados inmediatos. No siempre correctos, pero inmediatos, porque es uno de los factores que perpetúan esas conductas. Pero, de hecho, el daño que produce en la persona agredida es enorme. No pocas veces se da una paralización frente al gesto intimidatorio, lo que suele generar en el agresor la convicción de que la amenaza debe ser mayor. "Ya no sé qué más hacer para que me haga caso", dicen estas personas que ya no tienen más voz para gritar ni más amenazas que puedan cumplir. Entretanto, el agredido se debate entre obedecer y resignar sus criterios, o rebelarse y mantener en pie una guerra que no tendrá fin. Todos pierden.

Pero hagamos un intento sostenido de cambio y veremos resultados increíbles. Las personas todas, pero en particular los niños, que aún no tienen respuestas estereotipadas, responden mucho mejor al halago y al reconocimiento sincero de sus virtudes que a la exigencia de lo que "hay que hacer, te guste o no". Señalar la importancia de sus esfuerzos por hacer las cosas bien, así no fueran del todo correctas, mostrarles que ya han conseguido logros que antes les costaban, dejar ver la alegría por el valor que tienen sus iniciativas, felicitarlos por la forma en que hacen algo, son modos de afirmarlos en sí mismos y de fortalecer el vínculo que se tiene con ellos. Desde luego que esta actitud no solo es válida con los hijo, sino con todos. Jorge Alba, El Tiempo

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