El hambre y la sed

Jorge Abbondanza

No hay excusa para el hambre en Latinoamérica" dijo la FAO, que es el organismo de Naciones Unidas encargado de la alimentación y la agricultura. Lo dijo porque esta región produce tres veces lo que necesita para consumir. Como ejemplo de ese exceso de recursos, la Argentina produce diez veces los alimentos que consume y el Brasil ocho veces. Sin embargo en Latinoamérica hay 53.000.000 de desnutridos por indigencia, 20.000.000 de los cuales son niños, en una masa de 216.000.000 de pobres, que son el 42 por ciento de la población. Eso no ocurre por falta de alimentos sino "por el modelo de concentración de la riqueza y la mala distribución del ingreso``, cuya primera consecuencia es que este continente aparece hoy como el más desigual, no sólo por los desniveles económicos sino por el deficiente acceso al agua, la tierra o la pesca, y aun porque se priorizan las exportaciones y no el mercado interno.

Se necesitan reformas urgentes, dice la FAO, para erradicar la desnutrición de aquí a 2025, "porque ya estamos rezagados con las metas del milenio fijadas por Naciones Unidas``. Lo sorprendente es que "se trata de un tema que no requiere altos costos, ya que hay excedentes alimentarios``: lo que se necesita es un cambio de políticas. Atinadamente, la propuesta de la FAO insiste en "no caer en asistencialismos sino en ofrecer a los pobres la capacidad para vencer el hambre``, lo cual permite recordar el refrán chino: no dar pescado sino enseñar a pescar. Sin embargo, una de las trabas mayores para los programas de desarrollo consiste en que los gobiernos no siempre saben dónde están los que pasan hambre: "la madre de niños desnutridos puede ocultarlos por vergüenza`` advierte la FAO, y para remediar ese problema son útiles las organizaciones sociales, como el Movimiento de los Sin Tierra en Brasil, que ha hecho un relevamiento de bolsones de pobreza en las zonas rurales, aunque no siempre hay respuesta oficial para esas denuncias.

Paralelamente, el informe "Progreso para los niños`` emitido en estos días por la Unicef, permite saber que 1.500.000 niños menores de 5 años mueren cada doce meses por falta de agua potable, lo que significa 4.200 muertes por día. Ese documento agrega que en el mundo de hoy existen 1.000 millones de personas (la sexta parte de la humanidad) sin acceso al agua potable, mientras 2.600 millones (casi la mitad del planeta) sobreviven sin ningún tipo de saneamiento. Entre sus metas para el futuro inmediato, Naciones Unidas convoca a multiplicar esfuerzos para lograr el objetivo de reducir a la mitad la población sin acceso al agua potable antes de 2015. Claro que siempre hay distancias entre el discurso burocrático y la realidad, pero deben encontrarse medios para despabilar la conciencia de ciertos círculos de poder y combatir unas carencias que derivan en muertes inaceptables.

Un mundo donde no ya el consumo suntuario sino el negocio de las armas, el costo de las guerras o el tráfico de drogas manejan enloquecedoras sumas de dinero, es el mismo mundo donde las industrias provocan desastres y aceleran la gradual contaminación del globo. Los que pasan hambre y los que sufren sed son los que menos matan pero son también los que más mueren, por culpa del desconocimiento, la codicia o la indiferencia del resto.

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