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HERNAN SORHUET GELOS

No percibir los problemas que ocurren un poco más allá de nuestra vista, por desgracia no los elimina.

Si algo hemos aprendido en las últimas décadas es, justamente, tratar de anticiparnos a los efectos negativos provocados por las actividades productivas y promotoras del desarrollo. De esa manera se minimizan las pérdidas y se apuesta a la sustentabilidad.

El turismo es una industria muy lucrativa. Se ha transformado en una de las más importan-tes del mundo pues, cada año moviliza unos 700 millones de turistas internacionales. Desde el punto de vista económico dejan U$S 500 mil millones de ingresos anuales.

Según el 1er. y 2do. Informe de Naciones Unidas sobre el Desarrollo de los Recursos Hídricos en el Mundo, en los años 70, uno de cada trece personas de países industrializados había hecho turismo en un país en desarrollo. A fines de los 90, esa relación era de uno de cada cinco. Cada vez resultan más atractivos nuestros países para el turismo de mayor poder adquisitivo. Pero, como toda actividad masiva, si no se toman precauciones tendrá impactos muy negativos.

Los grandes centros turísticos que se construyen por todas partes -en especial en donde existen ecosistemas de gran belleza natural- tienen como característica el elevado consumo de recursos hídricos. En el nivel más alto se ubican los campos de golf. Uno de 18 hoyos puede consumir más de 2.3 millones de litros de agua por día.

Estos requerimientos deben ser satisfechos aún en aquellos sitios áridos. En Granada los turistas consumen por lo general siete veces más cantidad de agua que la población local. En términos de buena administración del recurso, se trata de un despilfarro. No significa renunciar a la industria turística sino hallar la manera de brindar los mismos servicios pero maximizando el uso del agua.

Otro problema ambiental muy serio derivado del turismo a gran escala es la contaminación de las aguas costeras. Lo frecuente es que muchos hoteles viertan sus aguas residuales a ellas, sin que hayan recibido el tratamiento adecuado. En algunos sitios la proporción es tan elevada que alcanza el 90% de las aguas servidas de los hoteles e instalaciones asociadas las que llegan a la costa. De esta forma se contaminan las riberas, las aguas costeras, y se produce la consiguiente pérdida de diversidad biológica.

En el caso del mar Mediterráneo, el turismo es el responsable de 7% de la contaminación de sus aguas. Según los estudios de Naciones Unidas, cada turista genera 180 litros de aguas residuales por día.

No es necesario aclarar que es muy difícil controlar ambientalmente actividades tan lucrativas como el turismo. Por ejemplo, para Maldivas el 90% de sus ingresos proviene de la llamada "industria sin chimeneas". Resulta fácil imaginar el peso que tal actividad tiene en la vida de esta pequeña república del Indico.

A pesar de ello, lo que no debemos perder de vista es el modelo de desarrollo a seguir. Debe ser sustentable, o sea, capaz de llevar adelante un aprovechamiento de los recursos naturales, pero sin superar sus respectivas capacidades de carga. En otras palabras, usarlos sin degradarlos.

Sabemos que los recursos hídricos son pilares fundamentales de cualquier actividad productiva. En el turismo esa condición se maximiza y, por lo tanto, exige un tratamiento muy cuidadoso del agua, tanto superficial como subterránea.

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