Lo primero es lo primero, decía Perogrullo. De ahí que, en momentos en que entra en el centro de la atención pública y política el llamado Debate Educativo, se impone efectuar algunas puntualizaciones al respecto.
En primer lugar, no creemos que el sistema educativo vigente en el país tenga algo que ver -y sea su expresión- "con la lógica deshumanizadora e individualista del capitalismo", como dice el MPP, que busca sustituir ese enfoque por el de atender a "principios humanitarios, éticos y solidarios". No sabemos con qué fundamento -fuera de consignas dogmáticas- se denigra a una educación que por cierto, carece de la feroz lucha competitiva que caracteriza, entre otras, a la japonesa y norteamericana.
En segundo lugar, tampoco sabemos qué y cómo se proponen quiénes afirman que "la educación debe producir un profundo cambio en las estructuras mentales de las personas" como forma de llegar a la liberación nacional (?) y al socialismo. Siempre pensamos que el materialismo dialéctico marxista sostenía que el cambio en la realidad (infraestructura) provocaba un cambio en la mente de los individuos (superestructura): estos marxistas parecen sostener la tesis opuesta. Pero lo peor de esta cuestión es que se pone de relieve que el propósito final de este grupo político es usar la educación como medio para llegar a su utopía social. Es la muerte de la laicidad. Cambiar la mente de las personas es crear "un hombre nuevo", meta que se han impuesto todas las revoluciones marxistas con resultados desastrosos.
El tema del Debate Educativo es demasiado complejo como para ser tratado en una nota. Agreguemos que los partidos de la oposición lo han tildado de corporativista, reduccionista, un ejercicio de gimnasia política, atentatorio de la democracia representativa y, que, frente a la falta de propuestas concretas del gobierno, éste dependerá de los grupos de presión. Aun así, hay un factor que ha sido excluido del debate educativo: la conducta estudiantil. No es que tenga mayor o menor importancia que los planes o los contenidos curriculares. Debe ser tenida en cuenta por la sencilla razón que constituye el sujeto y el objeto de todo propósito educativo. Nuestra "historia reciente", por otra parte, ha demostrado que el protagonismo estudiantil es capaz de echar por tierra cualquier programa que se proyecte.
De ahí que -a modo de sugerencia- publiquemos algunos fragmentos -tomados del libro "Dictadura totalitaria y autocracia", de Friedrich y Brzezinski- de la Ordenanza del 2-VIII-943, de la URSS, relativa a los deberes de los estudiantes:
-Aprovechar el estudio, asistir regularmente a clase y no llegar tarde.
-Obedecer sin discusión las consignas del Director y de los docentes.
-Asistir limpio, bien peinado y vestido correctamente.
-Saludar, poniéndose de pie, cada vez que salga o entre el Director o profesores.
-Al contestar una pregunta, levantarse y ponerse derecho; volverse a sentar cuando se le dé permiso; levantar la mano para preguntar o contestar.
-Comportarse modesta y decentemente en la escuela, en la calle y en público.
-No decir palabrotas, ni fumar, ni jugar dinero.
-Cuidar las propiedades escolares, las propias y las de sus compañeros.
-Velar por el prestigio de la escuela y de la clase, tanto como por el buen nombre de sí mismo.
-Los estudiantes pueden ser castigados por la violación de estas reglas e, incluso, ser expulsados de la escuela. La Ordenanza era válida, también para los estudiantes universitarios.
Como se ve, los estudiantes soviéticos no podían cobrar peajes. Tampoco, hacer paros y huelgas. No podían ocupar establecimientos de enseñanza. No pintarrajeaban paredes ni destruían implementos y archivos. Los estudiantes soviéticos carecían de la imaginación y autosuficiencia de los nuestros pero, aun bajo un régimen despiadado, podían enseñarles a ser correctos, educados y, sobre todo, dedicarse a estudiar, que para eso están los que deben estudiar.