Víctor Hugo Morales
Allá donde la ciudad se achata, se torna más humilde, lejos de la elegancia de la fachada espléndida de las avenidas cercanas al Río de la Plata, jugó Boca.
Lo esperaba Chicago, metáfora futbolera de esa modestia y ese orgullo, donde el sacrificio es un compañero de viaje. Y salió un partidazo.
Ni Boca ni Chicago fueron lo que son, en Mataderos. Boca se distanció de su propio fútbol y Chicago trepó a una altura inimaginable si se toma en cuenta su material. Uno es de lo mejor de América y el rival, el mismo que ayer nomás jugaba en el ascenso.
Por eso, el espectáculo resultó atractivo jugado cerca de los arcos y transitada a un ritmo infernal.
El primer tiempo mostró lo que se esperaba. Una cómoda superioridad de Boca, sólo desmentida al principio y al final, en un tiro del inmenso Pellerano que pegó en un palo, y una media vuelta a cuatro metros del arco que desaprovechó Donda.
Entre esas jugadas, Palacio y Gago, como siempre, pero también "Alitas" Cardozo, Krupoviesa y Ledesma, tuvieron 40 minutos de sutilezas y llegadas. Con el partido uno a cero por un cabezazo de Cardozo, la tarde parecía encaminarse a una goleada.
Pero llegó el segundo tiempo y para sorpresa de los propios hinchas verdinegros, fue Chicago el que fijó las condiciones. Se jugaría en el campo de Boca, Bobadilla sería figura y la fortuna tendría que batallar duramente para salvar a los xeneizes. Hasta el último aliento, Chicago jugó mereciendo el empate.
El final de bandera verde...y negra, fue emocionante con Chicago jugado a matar o morir, haciendo retroceder a Boca tanto como no se había visto en meses.