GUSTAVO TRINIDAD
Lo del ómnibus vino después. Lo que él sentía era verdadero amor por el uniforme de la institución policial.
Aunque nunca se presentó para integrar los cuadros de la Policía, secretamente se adoraba frente al espejo; más tarde comenzó a sacarse fotos en distintas poses vestido de subcomisario. Un día se animó más y salió a la calle y vio que funcionaba. Pero faltaban algunos detalles así que invirtió más de $ 1.000 y adquirió esposas, correaje, canana, gas paralizante y por supuesto un arma. Como si fuera poco consiguió un uniforme de comisario. Fue en esas que empezó a viajar en los ómnibus. Al principio para lucirse, pero además cayó en la cuenta de que no le cobraban boleto. La tentación fue demasiada. Cada día podría dar rienda suelta a su fantasía y además ahorrar. Aprovechaba el pantalón azul del uniforme que usaba en la empresa de seguridad donde trabajaba y cubría sus grados de comisario con una campera particular que se quitaba en la parada. Antes de entrar a su trabajo volvía a ponerse la campera y en la empresa se sacaba correajes y grados.
Pero el falso policía ya tenía un antiguo antecedente por "usurpación de funciones". Había sido detenido en épocas en que era un subcomisario. Su desgracia fue la buena memoria del policía que lo detuvo entonces.
El policía reconoció en el comisario cuarentón que viajaba ante él en el ómnibus que venía de Solymar al extraño hombre acostumbrado a usar uniforme policial. Así fue detenido. En el allanamiento practicado en su casa se encontraron las fotos en las que posaba uniformado y además una espada de oficial para vestir de gala. Efectivos de Investigaciones de Ciudad de la Costa lo llevaron ante la Justicia. No se comprobó que vestido de policía haya cometido algún delito o utilizado el arma. Faltaba más. Si lo suyo era puro amor al uniforme. Tal vez así lo comprendió el juez que lo dejó en libertad.