Japón, China y nosotros

A mediados del siglo XIX el Comodoro norteamericano Perry penetró en la bahía de Edo (hoy Tokio) con su cañonera y amenazó bombardear la ciudad si el país continuaba cerrándose al mundo exterior. Comenzó entonces el derrumbe del régimen feudal imperante y Japón cesó su aislamiento. Quince años después se inició la era Meijí (1868-1910), la Nueva Era, que busca equiparar a Japón con las grandes potencias occidentales: se establece una red ferroviaria, se modernizan los correos y las comunicaciones y el ejército adopta normas europeas.

Pero, fundamentalmente, Japón reforma su sistema educativo. En una o dos generaciones, el país asiático pasa del "shogunato" feudal a ser una potencia mundial. Primero decenas y luego centenares y miles de estudiantes japoneses cursan estudios superiores en las universidades norteamericanas y europeas. Al mismo tiempo, numerosos profesores occidentales de alto nivel empiezan a dictar cursos en colegios nipones. Esta verdadera simbiosis cultural produjo radicales resultados inmediatos: el país del Sol Naciente se industrializó, se tecnificó y se convirtió en un centro de poder cuya presencia y ambiciones se hicieron insoslayables en el Extremo Oriente. El mundo occidental, por su parte, conoció elementos valiosos de la cultura japonesa y enriqueció su concepción del hombre con esos aportes.

Dotado de una fortaleza imprevisible, Japón dio rienda suelta a su política expansionista: en 1895 derrotó a China y le ocupó algunos territorios, en 1904 atacó sorpresivamente y destruyó a la flota rusa en Port Arthur y en 1910 se anexó Corea. Poco después, en la Primera Guerra Mundial, se alistó en el bando aliado en contra de las potencias centrales... hasta que, en la II Guerra Mundial puso en jaque al poder norteamericano -a partir de su ataque a Pearl Harbor- pero sufrió la traumática experiencia nuclear que lo devolvió a la realidad. Hoy en día, gracias a muchos factores, aunque sobre todo a la revolución Meijí, Japón es una de las naciones más industrializadas y productivas del planeta, se ha repuesto del desastre de su incursión bélica y es un claro ejemplo en materia de contracción al trabajo y de creatividad.

Poco más de un siglo después, China sigue el camino de su vecino insular. El mérito no es de la revolución maoísta, al contrario, sino de Deng Xiao Ping, que opta por abrirse al mundo. Gracias a su liderazgo, a partir de 1978, enormes capitales occidentales, de Japón y de Taiwan (que la precedió en dos décadas) y las avanzadas tecnologías importadas permitieron que China creciera a un ritmo impresionante y sostenido, que la ha transformado en el gran desafío comercial del mundo. Pero esa continuidad en el progreso no habría sido posible si no hubiera contado con el elemento humano adecuado: oleadas de estudiantes chinos aventajados se graduaron en universidades extranjeras y trajeron de ellas no sólo conocimientos de vanguardia sino los valores de las sociedades libres.

¿Cuánto tiempo transcurrirá antes de que las nuevas clases chinas -abiertas a la economía de mercado y al liberalismo de su clase universitaria- den la espalda a la férrea dictadura que en el área política aún ejerce el Partido Comunista?

Mientras tanto, nosotros, los uruguayos, continuamos anclados en fórmulas anquilosadas que han fracasado en todo el orbe. Tampoco nos sentimos respaldados por la Universidad estatal que, a pesar de gozar de una autonomía plena durante décadas, nunca supo ponerse a la vanguardia del país para desarrollarlo. Prefirió su papel de centro de adoctrinamiento político.

Contradiciendo el ejemplo japonés y chino, no hemos tomado a la educación como el mascarón de proa para insertarnos en el mundo: nuestro sistema educativo resuelve, olímpicamente, reducir las horas de clase destinadas a la enseñanza de Inglés y de Informática y pasa a ocuparse del pasado reciente como forma de dar la impresión de que se ocupa en algo. No se piensa en el futuro de los estudiantes, que es en definitiva el futuro del país, sino en remover el pasado. Sin comentarios.

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