A Liz Taylor no le fue nada mal con los escándalos, como se sabe. Pero los escándalos son accesorios, no esenciales, en la conformación de un estrellato. Existen tiempos, vidas, caras de escándalo. Y mucha fuerza para soportarlos. Los ojos amatista de Miss Taylor podrían haber embrujado desde la inocencia. Utilizaron otra trinchera. Susana Giménez utilizó el escándalo como escalera. Su relación con Monzón, un campeón mundial de boxeo transformado en objeto de culto por sus amigos de la Costa Azul francesa, fue un factor decisivo en su carrera. Al convertir a Monzón también en un objeto de deseo explayó un poco la aureola y se metió bajo ella. El resto sobrevendría solo. Mujer de carácter, no sólo supo aguantar la convivencia con Monzón, que era un hombre rudo y violento como lo demostró más tarde, sino tolerar a cara limpia la serie casi ilícita que la rodeó después con estafas de autos, llamadas telefónicas tramposas, divorcios extorsivos y novios por lo general económicamente ansiosos. La juventud no es un artículo barato a los 60.
Pero no se puede explicar sólo por los escándalos su trayectoria. Es un elemento que a veces ayuda. Rita Hayworth estaba en la cabeza de todos los soldados aliados y no sólo porque Glenn Ford le propinó en Gilda un cachetazo. A esa falsa pelirroja le sobraban toneladas de elegancia para ser la favorita de las trincheras. Un casamiento primero con Orson Welles y otro con el Ali Khan la apuntalaron intelectual y socialmente, pero fueron jugadas de ajedrez y no escándalos y por lo tanto no alteraron su cotización en Hollywood. ¿Qué podía volver del todo identificable a Marilyn, la última bomba rubia del cine? Un casamiento con Joe Di Maggio, la estrella deportiva máxima en EE.UU. ¿Qué la podía volver respetable en el terreno de la aceptación cultural? Un casamiento con Arthur Miller. Para cuando se descubrieron los verdaderos ya estaba muerta. Ella y sus compañeros de alcoba.
Uno serio congeló la carrera de Ingrid Bergman, en cambio, en la medida en que cometió adulterio, tuvo hijos con un católico casado y despreció el protestantismo. Hacer esto último era fatal a mediados del siglo pasado, como lo supieron sufrir los Windsor en su peor momento. Ahora la etiqueta religiosa sólo mancilla en serio en el caso de los fundamentalismos. En los demás se negocia. La sueca y liberal Bergman tenía un marido tolerante, "liaisons danguereux" con fotógrafos y amistades con directores maduros. Pero el "affaire" con Rossellini fue intolerable para la moral de EE.UU. El éxito comercial de Anastasia la sacó del exilio. Audrey Hepburn los evitó con cuidado y fue una estrella sin mácula. Uno con una prostituta en plena calle disparó la carrera de Hugh Grant, entonces estancada entre decenas de ingleses. Otro, con un travesti (¿propiciado con idénticos fines?) no mejoró la sintonía de Eddie Murphy. ¿Un piquito en la escalera de un avión puede desestabilizar la permanencia de John Travolta luego del rescate que le brindó Tarantino en Pulp Fiction. Maradona podría reírse de una pregunta estéril y fuera de época. Hollywood pagó fortunas por ocultar los besos prohibidos de Rock Hudson, tan secretos y atávicos que el tema continúa prohibido a años de su muerte. El sexo explícito es pornográfico, no erotismo. La contundencia despierta rechazos en la medida que pega fuerte. Bette Davis publica un aviso en el cual pide trabajo ("actriz con dos Oscar"), logra publicidad pero ningún contrato. "Debió acompañarlo con una foto desnuda si lo que buscaba era piedad", sentenció la maldad sin fin de Louella Parsons. Rápida de lengua, la Davis le contestó el consejo. Quería trabajo, no asco. Sólo a Marilyn le pagaban por aparecer desnuda en los almanaques de los talleres mecánicos. La yugoslava Cicciolina, que llegó a ser diputada en Italia antes de los actuales tiempos europeos de racismo, pasó por Uruguay, actuó en una boite del Cerro y demostró que hay desnudos que no valen una grappa, siquiera. Lo que se castiga ahí es el mal gusto, no el exhibicionismo.