kabul | ANSA, THE ECONOMIST
A meses de cumplirse cinco años de la caída del régimen talibán, un atentado suicida ayer en la zona más protegida de Kabul, se convirtió en otra cotidiana prueba que la batalla en Afganistán, primera escala de la guerra al terrorismo, está lejos de terminarse. Y está peor.
Ayer, un coche bomba estalló a metros de la ultraprotegida "zona verde" del centro de Kabul, a poca distancia de la embajada de Estados Unidos, provocando al menos 16 muertos, entre ellos siete extranjeros, de quienes dos eran soldados estadounidenses.
La jornada estuvo signada por otro hecho violento fuera de Kabul: en Farah, cuatro soldados italianos fueron heridos por la explosión de una bomba, uno de ellos de gravedad.
La masacre de Kabul, la más grave en la capital afgana desde la caída del régimen talibán, se produjo unos minutos antes del mediodía, a tres días del quinto aniversario del 11 de setiembre.
Otra prueba de que la situación está complicado fue el lanzamiento el 2 de setiembre del mayor ataque terrestre contra unos mil combatientes Talibán, a cargo de las tropas canadienses a la orden la OTAN en Afganistán. En pocos días, murieron unos 300 militantes y cinco canadienses, incluyendo uno por fuego amigo estadounidense. En la vecina provincia de Helmand, en el mismo período murieron cinco soldados británicos en ataques talibanes y 14 en un accidente aéreo. El jueves, el comandante de la OTAN, general James Jones, pidió que le envíen refuerzos. Actualmente hay 40.000 soldados occidentales en Afganistán, bajo supervisión de OTAN o de Estados Unidos.
Al igual que en Irak, la declaración de victoria estadounidense en Afganistán resultó prematura. Expulsado de Kabul, los combatientes pushtun de los talibanes volvieron a sus pueblos en el sur de Afganistán, o el región tribal autónoma pushtun en Pakistán. Se hicieron notar matando a trabajadores sociales y empleados del gobierno. Más allá de algunas contundentes victorias que los diezmaron, año a año, el grupo extremista emergió como una guerrilla cada vez más preparada. A través de la intimidación o el apoyo sincero, sus combatientes dominan gran parte del sur.
La debilidad del gobierno es una de las explicaciones. Hay insuficientes tropas extranjeras que proveer poco más que una módica apariencia de seguridad es otro motivo: antes de que 8.000 soldados de la OTAN se hicieron cargo de cuatro provincias del sur, el 31 de julio, Estados Unidos tenía sólo un batallón de infantería. La producción de opio, de la que los talibanes se llevan una parte, crece. El 2 de septiembre, la ONU anunció un 49% más de producción este año. La provincia de Helmand, donde hay cerca de 3.000 soldados de la OTAN, incrementó 162% sus cultivos.
Funcionarios occidentales dicen que los talibanes no son populares en el sur, y quizás tengan razón. Pero eso podría estar cambiando. Las tribus pushtun, que se sienten ignoradas por el gobierno central, están contratando talibanes en Panjwayi. Casi todos los afganos están enojados por las tácticas de mano dura que a veces emplean los estadounidenses.
Para ganarse a la población, la fuerza de la OTAN fue diseñada para generar un ambiente limpio para una masiva inyección de gastos de ayuda y desarrollo para el sur; en el actual clima de violencia eso no ha sido posible. Las tropas británicas en Helmand, que tienen U$S 36 millones para gastar este año en la provincia sólo construyeron un puente y un mercado en la ciudad principal, Lashkar Gah, pero poco en el conflictivo norte. La OTAN busca sofocar hasta la llegada del invierno, forzando a los combatientes a volver a su retaguardia en Pakistán y ahí sí enviar la ayuda.
Eso va a ser importante, pero no permitirá en lo cercano ganarle la guerra al Talibán y menos en los tres años a los que se comprometieron los británicos a permanecer en Helmand. La principal razón es que los talibanes están radicados en Pakistán, donde compran armas, venden droga y juntan el dinero en efectivo enviado por sus admiradores en el extranjero. Presionado por Estados Unidos, en 2003, el general Pervez Musharraf, el presidente de Pakistán, envió 80.000 soldados al norte, para sellar la frontera. El intento falló y en el proceso murieron 800 paquistaníes en manos de talibanes paquistaníes.
El 5 de septiembre, Islamabad admitió la derrota de esa política, al firmar un acuerdo con los militantes que les da el control de la región, a cambio de que no ataquen tropas paquistaníes o hagan acciones en Afganistán. Musharraf fue luego a Kabul, donde prometió combatir el extremismo. Pocos le creyeron. Pero la política de Musharraf hacia los talibanes paquistaníes da lecciones a Afganistán y sus aliados. Como en toda historia afgana, si los insurgentes no pueden ser derrotados militarmente, entonces habrá que comprarlos.
La situación se pone peor que Irak
Las fuerzas británicas en Afganistán están siendo atacadas una decena de veces por día y libran un combate "extraordinariamente intenso" que es "más importante que en Irak", informó el comandante británico esta semana.
Las declaraciones se agregan a las del comandante militar de la OTAN, quien llamó a las naciones aliadas a aportar más tropas para combatir la insurgencia, que se muestra extremadamente fuerte en el sur del país.
"El combate es extraordinariamente intenso. La intensidad y ferocidad diaria de la batallas es mucho más importante que en Irak" dijo el brigadier Ed Butler.
"Seguirá siendo duro y provocando bajas, pero la moral es sumamente alta", agregó.
"Algunos refuerzos solicitados ya están siendo utilizados en batallas, pero podríamos disponer de más fuerzas para generar una operación más veloz y hacer las cosas más rápido", señaló.
El comandante en jefe de la OTAN, el general James Jones, reconoció el jueves que las fuerzas en Afganistán habían sido sorprendidas por la resistencia de los talibanes en el sur del país y necesitan apoyo en esa región.
"Hablamos de refuerzos modestos, del orden de un batallón", es decir algunos cientos de hombres, declaró Jones durante un encuentro con la prensa en el cuartel general de la OTAN en Bélgica.